Enrique Laviada
Enrique Laviada

Me complace desearle buen día, estimado lector, en el año que comienza, sin falsas pretensiones, simplemente lo que es, quizá lo que debería ser, pero igual no nos atrevemos a pensarlo, ni a exigirlo, y dije eso, sin la intención de lastimar a nadie.

Buen año.

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El punto ahora es que el ciudadano Presidente, por sus siglas AMLO, no quiere o simplemente le importa un comino honrar la separación que debe existir entre la Iglesia y el Estado, sin remedio alguno.

Quiero decir, en estas sentidas líneas, que tengo por buena memoria las enseñanzas de los principios básicos del liberalismo, es más, mi escuela secundaria llevaba el nombre del Benemérito, lo cual era difícil de eludir en términos ideológicos.

Recuerdo vivamente, desde mi ingreso a esa escuela de educación media básica, quedó perfectamente claro que una cosa era el poder de la Iglesia (Católica) y otro, completamente distinto, el que correspondía al poder político.

Buen inicio.

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Sin embargo, para mi sorpresa, insisto, veo con especial preocupación, que el C. Presidente de mi país, prefiere pararse frente a un atril para prescribir, sin medida, recetas morales.

No alcanzo a entender qué clase de doctrina le conduce a semejante aberración, pues en la actualidad lo que impera es la absoluta libertad de creencias y concepciones de la vida.

Lo siento, pero me afecta que un representante de las instituciones republicanas, en un país tan grande y tan diverso como lo es el nuestro, remita a los templos para dirimir dilemas éticos, justo entre nuestros pecados y las virtudes que, quizá, les acompañen.

Hace tiempo que no lo hago.

Y, precisamente por eso, acudo a la distinción existente entre una mala y una buena persona, esto es, a todo aquello que me resisto a aceptar como parte de una política utilitaria del espíritu, unilateral, absoluta o, tal vez, en provecho de un interés particular.

Hace tiempo.

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No me gusta ver a un Presidente de mi país orando, por la sencilla razón de que su ámbito es distinto al de la divinidad, léase a ese tesoro infinito de la fe, exactamente a  eso que no comparto, pero que respeto por completo.

Es el discurso que se confunde entre lo religioso y lo demás, que usado por el presidente asusta, por cierto, aun cuando se emita almibarado, fútil, pero dedicado al poder de un profesional del manejo de masas.

Hace mucho tiempo.

Mi generación se rebeló ante el autoritarismo, en forma un tanto ciega, lo sé, pero de ahí a soportar otra nueva tiranía, espeluznantemente referida al alma, hay una distancia enorme, creo, es más, lo afirmo, me parece un contrasentido histórico, por el que no debemos pagar los habitantes de este país.

Así me vi, delante del retrato de Don Benito Juárez García, tan impertérrito como suele serlo.

No hace mucho tiempo.

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Acertijo

Ser patriota no es lo mismo que ser idiota.


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