David H. López
David H. López

“Son lo mismo”, se lee o se oye a sus detractores decir en redes y comentarios.

Parte de la campaña antagónica que se ha propagado en redes sociales y por algunos comentaristas es la equivalencia del partido Morena, ganador apabullante del 1 de julio, con el PRI, partido de estado emanado de la Revolución Mexicana y viejo conocido de los mexicanos.

De momento no es fácil entender y desmadejar la composición del primer partido que ganó democráticamente lo que nadie ha podido: el Ejecutivo y Congreso federales, y porque su injerencia en la vida política mexicana para los próximos años promete ser amplia.

El símil que sus fóbicos sintetizan con el apodo PRIMOR no deja de pecar de simplismo y aunque enarbola críticas de aparente solidez, omite otras que podrían tener más peso si sus promotores se dieran tiempo de idear ataques más sofisticados.

La principal objeción, y la más sobada de todas es que ‘comparten cuadros’, misma crítica reduccionista que se hizo hasta hace pocos años al PRD, cuando el trasvase de militancia y mandos medios y altos ocurrió en gran medida por la ruptura hace 30 años a raíz de la adopción unilateral del neoliberalismo por el PRI, con la cual la corriente nacionalista de Cárdenas y Muñoz Ledo estuvieron en tal desacuerdo que decidieron salir.

A ello se suma la amplitud ideológica de sus cuadros; con la acotación de que sus bases, donde en el caso de MORENA y su militancia, a veces contradictoria, es de izquierda o centro izquierda y no deja de resaltar la incorporación oportuna de personajes de la ultraderecha panista como Germán Martínez. Por otra parte, el PRI de tan amplio ha resultado en un desfiguro ideológico.

Luego, la ruptura propuesta con el pasado inmediato; el PRI rompió con el porfirismo, un sistema con altísimo déficit social a cambio de su logro más ostensible, el desarrollo económico; Morena propone romper con el neoliberalismo, un sistema económico con similares balances,

con el agravante de implementar una apertura corrupta que dio lugar a un “capitalismo de cuates”.

A esto le sigue la cuestionable democracia interna en su gobierno interno y en la designación de sus candidaturas. El PRI, como partido, es un desarrollo histórico vertical con nula democracia; por su parte el adelanto democrático de Morena no ha sido fácil, donde ha procurado en momentos organizarse en la toma de sus decisiones con mecanismos electorales incluyentes, pero sus críticos señalan un abrumador peso de la influencia del “hombre fuerte”, quien cuando no lo decide todo, lo delega. La mayoría de sus críticos atacan desde flancos panistas y priístas (sea como militantes o promotores del voto), partidos que han traicionado los ideales de sus fundadores, el primero; o como el segundo que sólo ha utilizado a la democracia como membrete.

Al margen de la discusión de los anteriores paralelismos hay diferencias de implicación social y política que no son menores. Sumarle que en los primeros días del ejercicio del Poder Ejecutivo por López Obrador, la mano morenista no ha terminado de dar, como escribiera Carlos Monsiváis, un “sabor a PRI”. Al respecto la percepción pública continuará modelándose en los próximos meses y, aunque ya hay críticas al estilo, formas y desempeño, no hay una evocación del más puro priísmo (ni siquiera el echeverrista) que se advertía en campaña y transición.

Al margen de sus similitudes (sostenibles o no en una discusión seria), tienen marcadas diferencias: sus mecanismos de entronización, su relación con la democracia electoral, su tensión con los poderes fácticos e incluso el imaginario de sus mejores aspiraciones realizadas. Las veremos después.


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