Alfonso Carlos Del Real López
Alfonso Carlos Del Real López

En 2019, volver a lo básico

No recuerdo cuántas veces he platicado o escrito acerca de mi muy sana costumbre –déjeme subrayar el “muy sana”- de respetar los límites de velocidad, los cajones de estacionamiento para discapacitados, la luz ámbar de los semáforos, y otras cosillas ordinarias. Me creo un buen ciudadano en ese aspecto, pero ojo, déjeme le aclaro algo, tampoco es que yo sea el non plus ultra o sea un ejemplo a seguir ni mucho menos. Déjeme le explico por qué llegué a este punto de mi vida.

Después de que uno casi se partió la mandarina en gajos en un accidente automovilístico, entiende la razón de ser de los límites de velocidad, porque a menos que seas Lewis Hamilton, el Checo Pérez, Michael Schumacher, Sebastian Vettel o algún otro reconocido piloto de carreras, no tenemos la preparación ni la habilidad para controlar vehículos que, por ejemplo, pesan más de una tonelada y se conducen a más de cien kilómetros por hora. La física no miente.

Yo no era muy observador de que la raza respetáramos los cajones para discapacitados en los centros comerciales, en las calles del centro, en las oficinas gubernamentales o donde existieran, hasta que un día mi papá se lastimó una pierna y estuvo obligado a usar silla de ruedas. ¡Carajo! Aún recuerdo el esfuerzo de mi apá para andar a un pie mientras se armaba la silla –y eso que era eléctrica y facilitaba muchas cosas- y el periplo cuando no había lugar en los cajones para discapacitados porque estaban ocupados por vehículos que no tenían placas ni tarjetón que les permitiera hacerlo. Conocí la impotencia.

Aprendí a respetar los semáforos cuando un día yo muy chicho quise pasarme la luz ámbar y una señora estuvo a punto de chocarme porque ella se anticipó a su cambio de luz. Llevaba a un menor en el asiento de enfrente y debido al frenón de ambos coches, la criatura que llevaba –sin cinturón, por cierto- de unos 10 años se estampó en el tablero. No pasó a mayores, afortunadamente, pero no dejaba de preguntarme después de eso “¿y si no hubiéramos frenado?”. Entendí la irresponsabilidad.

Esas tres pequeñas cosas que me han tocado vivir son nada con lo que nos pasa en nuestro día y día en cuanto a situaciones que pueden tornarse negativas. Eso y más ocurre en una sociedad en donde tenemos diferentes formas de coincidir, expresiones sociales, problemas, preocupaciones, formaciones, educación, valores, moral y demás. Es inimaginable la cantidad de combinaciones que puede haber para generar posibilidades de coincidir unos con otros. Desde lo más sencillo a lo más complejo. Y a veces son experiencias negativas.

A lo que quiero llegar es que si Usted piensa en algo positivo para este año que comienza, piense en volver a lo básico: barra el frente de su casa, respete los señalamientos de tránsito, recoja los desechos de su mascota, no tire basura en la calle, respete a los adultos mayores y tengamos paciencia y consideración con ellos, cuide a lxs niñxs porque a ellxs no se les toca, no se violan, no se matan; lea el periódico, el que sea, pero entérese bien de las cosas que pasan a su alrededor; pague sus impuestos y exija sus derechos con orden; no se meta en la fila, respete el tiempo de los demás, si se encuentra algo que no es suyo, procure devolverlo.

Apague las luces que no utiliza, no desperdicie el agua, practique su religión –cualquiera que sea- y respete la religión de los demás; ayude a su prójimo, échele una mano a las personas con discapacidad; rivalice con el equipo contrario, pero no peleé ni agreda, no vale la pena, nadie gana en una pelea; ayúdele en su tarea a sus hijos y no le cargue toda la mano al profesor o a la maestra; dígale “oficial” al policía, no le espete un “mi poli”; procure hacer críticas constructivas o publicar cosas positivas en sus redes. En fin. Fíjese en lo ordinario de la vida y deje de hacer lo que hacía para parecer más listo o más chingón. En realidad, se verá mejor si considera a los demás.

Piense en lo bueno que Usted puede hacer, no en lo que no está haciendo el otro. Volver a lo básico le incomoda a mucha gente. “De que me joda yo a que se joda otro, ‘pus mejor el otro” es la constante. Y no. Lo básico implica sabernos una parte de una cosa que se llama “familia” y de otra que se llama “sociedad”.

Vuelva a lo básico. Procure ser bueno. No le va a doler. De hecho, se siente chido.

Nos leemos el próximo lunes. ¡Babai!

 

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Nuestros lectores comentan

  1. Muy buena reflexión y estaría chido que di hiciéramos algo de eso sí no es posible todo.Buen día.