Octavio Gamboa / Licenciado en Derecho
Octavio Gamboa / Licenciado en Derecho

Hace casi siglo y medio que iniciaron en México los conflictos entre la religión y el Estado mexicano. La Iglesia defendía el respeto a sus derechos, privilegios y propiedades; mientras el Estado quería alcanzar la soberanía plena. Es por ello que en Latinoamérica, en especial en México, la relación del Estado o Poderes de la Unión con la Iglesia es de descalabros y aún más de insinuaciones a la violencia de uno u otro bando.

Mantener una actitud y un pensamiento equilibrado en esta materia reviste una mayor importancia si tenemos presentes los peligros del estatismo (cada vez más concurrente en la actual administración federal). No es nueva la intromisión de factores religiosos y de conciencia que no le competen al Estado. Este peligro, que desde hace varias décadas existe, no siempre se manifiesta de formas violentas, sino que suele actuar simuladamente, con refinamientos totalitarios.

La forma de evocar signos de Andrés Manuel López Obrador no es novedosa. En campaña, al tomar protesta como candidato junto al PES, López Obrador dijo: «Desde el Antiguo Testamento hasta nuestros días, la justicia y la fraternidad han tenido un lugar preponderante en el ejercicio de la ética social. En el Nuevo Testamento se señala que Jesús manifestó, con sus palabras y sus obras, su preferencia por los pobres y los niños». En muchos actos públicos mostró su cartera con crucifijos e imágenes religiosas, extraño en una persona juarista. Su toma de protesta como precandidato del MORENA fue el 12 de diciembre. Sólo le faltó hacer el acto en el Tepeyac.

Más allá de la no menor cifra de 95  por ciento de mexicanos con alguna religión (INEGI 2010), debemos partir que la laicidad es un argumento clave para gobernar un país como México. Su historia nos indica que nada bueno sale de la mezcla del clero y el Estado, ya que este concepto (laicidad) se turbó a ateísmo, e incluso en muchos casos se prestó a la teofobia. Cabe destacar que en la mayoría de los países americanos no es un problema, incluso la Cámara de Diputados de Argentina en una de sus salas tiene la imagen de la Virgen de Luján. En México, factores internos y externos desencadenaron una guerra civil en el siglo XX, por el repudio del Estado a la religión y viceversa.

Incluso el pueblo de Israel, en la fase inicial de su historia, no tuvo rey como los otros pueblos, porque reconoció solamente el señorío de Yahveh. Dios intervino en la historia a través de hombres carismáticos, como atestigua el Libro de los Jueces, y guio a su pueblo hacia la Tierra Prometida. Muchos dirían que también nos guía hacia la Cuarta Transformación. Tal parece que hoy en día la relación con Dios, para este gobierno, es un tema de control político y no de Fe. Puesto que la relación con Dios es personal, pero no privada, la sociedad y el gobierno deben promover el respeto a todos los credos religiosos en el marco jurídico, como lo asienta Carlos Abascal, de una laicidad positiva que permita aprovechar toda la herencia religiosa, innegable e irrenunciable, que permea absolutamente toda nuestra cultura, sin usar a Dios como un instrumento de comunicación de masas.

Donde Dios se convierte en Estado, se pierde la libertad. Como ejemplo están los países de Medio Oriente, en los que la moralidad de sus líderes establece patrones punitivos. Pero, también, donde Dios queda relegado a una instancia filosófica pública, la libertad decae y el Estado se convierte en totalitario, ya que no existe frente a ninguna autoridad moral, pues absorbió el objetivo para sí mismo. Por eso vemos a López Obrador hablando de “portarnos bien y ser buenos”. La moralidad convertida en presidente es uno de los grandes fracasos. No se trata de una persecución ideológica o de Fe, sino de una separación sana entre Dios y el Gobierno. Vaya, incluso Nietzsche se atrevió a afirmar que Dios ha muerto. Así, el Estado no tiene que compartir con nadie el dominio sobre el hombre.

El lugar de Dios es en la persona, que crea y fortalece instituciones, no en el mitin o la conferencia para adquirir votos de humildad y amor con el prójimo, no en el discurso para ganar casillas.

Al tiempo, la bandera moral azota a quienes la empuñan.

 

 


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