Enrique Laviada
Enrique Laviada

Déjeme le cuento, estimado lector, que debido a algunas expresiones utilizadas por la periodista Carmen Aristegui, aparecidas en el prólogo a su libro sobre el escándalo de la Casa Blanca (cómo olvidarlo), que marcaron al ahora ex presidente Enrique Peña Nieto, dieron lugar a una demanda en su contra de parte de Joaquín Vargas, propietario del sistema de medios MVS, por considerar que eran calumniosas y le provocaban un daño moral.

Por supuesto, Aristegui se inconformó y decidió dar la pelea en los tribunales para defender sus derechos, en particular los referidos a la libertad de expresión, y ahí tiene usted que el caso fue a dar hasta la Suprema Corte para su final resolución.

Apenas vamos en el tercer párrafo y ya debo aclarar que el periodismo de Aristegui no es muy de mi gusto, ni ella santa de mi devoción, por así decirlo, pero sin cortapisa alguna comparto su decisión de defender sus propios dichos periodísticos.

Esto es, se puede o no estar de acuerdo con lo que dice Aristegui, pero lo que no puede reconvenirse o negarse, en modo alguno, es el derecho que tiene a decirlo.

Y justo de esa manera es como, finalmente, resolvió la Corte el asunto, con lo que se sienta un muy importante precedente de jurisprudencia en la materia, en provecho del ejercicio periodístico y alivio de los periodistas.

Una arista.

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De ahí que, el caso Aristegui, tenga también otra interpretación, es decir: no sólo se trata del triunfo de una persona, sino del gremio, indistintamente de enfoques y líneas editoriales.

Los términos en los que resuelve la Corte, me parecen reveladores cuando se afirma: “En el caso de opiniones que impacten en el interés público se puede justificar que la libertad de expresión prevalezca frente a los derechos de la personalidad (nombrada o aludida), toda vez que el debate en estos temas debe ser desinhibido, robusto y abierto”, por aquello de la inexplicable susceptibilidad que curiosamente es común a muchos personajes de la vida pública de nuestro país.

Sólo con el afán de documentar la escasa disposición que reina en distintos ambientes para la expresión abierta y directa de las ideas y opiniones, en donde (incluyo desde luego el ambiente local) los ministros de la Corte abundan en el tema: “En este sentido, las expresiones pueden incluir ataques vehementes, cáusticos y mordaces sobre personajes políticos”, con lo que me veo obligado a abrir un paréntesis para dejar completamente en claro que (no es ironía).

Se excluyen de ese criterio, naturalmente, los insultos y las posibles expresiones ofensivas, como forma de vejación injustificada.

Por cierto, con el resolutivo de la Corte también queda a salvo la posible crítica al estilo, intencionalidad y acomodos del periodismo al estilo de Aristegui, ése que fustigó a políticos de los anteriores sexenios, tanto como excluye el más mínimo ataque a los actuales, para lo cual ha sido menester se olvide de la mordacidad y su enjundia para investigar a los personajes de la vida pública en aprietos, o pregúntese usted, estimado lector, a qué viene tanta benevolencia en el caso de las barbaridades, pifias, excesos, incongruencias, mentiras y hasta uno que otro escándalo por ocultas propiedades, negocios y manejos de algunos distinguidos miembros (es ironía) del gabinete de López Obrador, y sin remedio aparente.

Otra arista.

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Acertijo

Es el segmento de recta que limita cada cara.


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