David H. López
David H. López

“El comienzo de las guerras no lo marca el primer disparo con un arma de fuego, sino el cambio del lenguaje”, lo dijo Kapuściński ante estudiantes de la UNAM en 2002. Esto fue cinco años antes del primer gran auge de las redes sociales.

No está de más decir “cuidado”. Desde el cambio de siglo reciente se ha hecho énfasis en páginas editoriales y en textos de teoría del periodismo que las palabras no son inocentes.

¿Por qué “cuidado”? Porque los tenemos a la mano. Con las redes, a pocos teclazos de distancia, los insultos adquieren permiso de porte de arma. La comparación con algo tan fatal podría sonar exagerada, pero hoy acusamos los alcances de las palabras. Lo lúdico, “divertido”, de las redes convalida la picardía que tiende a desbordarse y el ciberespacio nos da o el anonimato en extremos de cobardía, o la distancia con la que nos atrevemos a cosas que en persona no diríamos.

Nuestro idioma al ser lengua viva cambia constantemente. En ese contexto una palabra triunfa si se generaliza. Las hay que llegan para quedarse y las que se ponen de moda y se van.

Tenemos los insultos en redes o “apelativos despectivos”: chairos, derechairos, feminazis, fifís, ninis, pejezombies… (agregue los que le vengan a la mente); algunos en auge, otros de salida…

Luego hay variantes que se personalizan para el momento, “#chairistegui”, fue el ataque cuando la periodista publicó el reportaje de la “Casa Blanca” de Peña Nieto. Dicho insulto lo hicieron tendencia “peñabots”, término a la vez usado para quien atacaba a los críticos del entonces presidente. En la reciente campaña electoral tampoco se escapó Paco Ignacio “Chairo”.

Para evitar acusaciones de inequidad, tomaremos un ejemplo que funciona para y contra ambos lados del espectro ideológico, “chairo” y su variante “derechairo”. Uno se usa para quienes apoyan moderada o radicalmente a López Obrador y el otro para quienes lo critican o de plano lo detestan.

“Chairo” tiene su antecedente en “chaqueto”, que hace décadas se usaba para el adolescente que se masturbaba compulsivamente. Recientemente el Colegio de México lo acotó, “…que se autosatisface con sus actitudes”.

Lo que quiere decir, cada que aludimos con esa expresión nos referimos a la autosatisfacción de nuestra contraparte. ¿Es de plano necesario?

Valdría la pena continuar con cada despectivo, sólo para ayudarnos a reaccionar.

¿Diríamos a nuestro(a) amigo(a) “chairo” en su cara a sabiendas de lo que significa? ¿Nos atreveríamos a encararlo, “ya deja tu ‘chairez’ o masturbación mental”, “deja de escribir, compartir (o votar) como si te estuvieras autocomplaciendo”?

Habrá quién tiene la amistad y confianza suficiente para hablar en esos términos, pero una vez más optaríamos por un café o una cena y no por un pleito virtual a la vista de otros.

Fuera de esas confianzas, está la gran arena y allí es donde construimos la guerra o el diálogo.

Con un ejemplo analizamos un insulto que se lanza hacia ambos lados. Procuramos demostrar que no hay inocencia en arrojar proyectiles verbales aunque suenen divertidos. Estemos conscientes de que al hacerlo renunciamos a cualquier puente de entendimiento

Si hemos andado las redes, lo hemos publicado, aplaudido (“me gusta”, se dice) o compartido; será raro el usuario que no haya incurrido en ello. Antes he ofrecido recomendaciones de interacción en la red (http://bit.ly/2GJpij6).

No podemos rehuir nuestra responsabilidad de lanzar proyectiles o tender puentes. Sea cual sea nuestra intención, estamos frente a la opción de ser considerados ligeros o irresponsables; también podríamos minimizar sus consecuencias.

En cualquier caso, estemos conscientes de que la expresión virtual no es inocente y las palabras tampoco.

 


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