Enrique Laviada
Enrique Laviada

Se trata de un neologismo, es decir, de una nueva palabra que se crea en una determinada lengua, puede ser prestada de otras lenguas o ser resultado de la invención, por tanto se puede decir que surge, se deriva o es resultado de algo igualmente nuevo en la realidad, sea una cosa, circunstancia, proceso o cualquier novedad que antes o hasta determinado momento no contaba con una palabra para definirle.

Es el caso de la palabra ecocidio que hace referencia a cualquier daño masivo o a una destrucción ambiental de un territorio y de tal magnitud que ponga en peligro las relaciones biológicas, acaso un deterioro general que sobrepasa la capacidad de la zona para regenerarse por sí misma, que implica, pues, una contaminación en gran escala, por definición grave y peligrosa.

Se sabe que desde la década del 70 diversos grupos defensores del medio ambiente, así como instituciones de investigación científica han pretendido alertar a la humanidad acerca de los colosales riesgos a los que se encuentra expenso el planeta, como consecuencia fatal del ecocidio, ante el cual existen pocas barreras legales y en cambio terribles condiciones de impunidad.

Muchos han sido los intentos para considerar al ecocidio como una acción criminal que pudiera tener un marco jurídico en cada país y en escala internacional, con el fin de preservar las riquezas naturales y ajustar el desarrollo económico a prácticas sustentables.

Es el caso de la Universidad de Londres, por ejemplo, que ha propuesto a la ONU considerar al ecocidio como un crimen en contra de la humanidad, o quienes han bregado por incluir el tema en las convenciones internacionales encargadas de conservar la paz y la convivencia internacional.

Sin embargo, son apenas unos cuantos los países en los que se ha logrado fincar normas jurídicas ambientales que se refieran de manera directa y específica al ecocidio, como es de destacarse el caso del Código Penal de la Federación Rusa, en un esfuerzo aún aislado.

La terrible realidad es que cientos de compañías mineras e industriales están haciendo estragos en el medio ambiente, provocando desequilibrios cuyos costos finales todavía no se encuentran suficientemente calculados, a los cuales deben sumarse proyectos inmobiliarios o turísticos, en una espiral que para algunos especialistas en la materia podría significar daños irreversibles, de los que podríamos lamentar o que quizá podrían llegar a ser sencillamente catastróficos.

El desquiciamiento de los ecosistemas, la sobreexplotación de los mantos acuíferos, el envenenamiento del suelo, la contaminación del aire, las atrocidades cometidas en contra de la actividad agrícola y las fuentes alimentarias, constituyen por ende una causa que rebasa con mucho a los especialistas o a las organizaciones enfocadas y los colectivos militantes, para convertirse en parte esencial de la agenda ciudadana, es más: de los derechos humanos esenciales.

En tanto, sorprende que los gobiernos, las estructuras de poder y las fuerzas económicas se mantengan expectantes ante el desastre ecológico y en cualquier caso determina su inutilidad instrumental o formal para resolver los problemas del futuro, tal vez sustituibles, en caso de llegar la gran emergencia o para que sean objeto de presión en un presente que se nos escurre entre las manos, igual que el agua que algún día, al parecer ya no muy lejano, hará falta para la sobrevivencia de los humanos y de muchas otras especies.

De seguir el ecocidio.

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Acertijo

Un sentido adiós a la razón.


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