Alberto Chiu
Alberto Chiu

Escuchaba recientemente una discusión acerca de que el poder que aparece como “hegemónico” necesita, requiere insoslayablemente, tener contrapesos, medidas de contención externas a su propia hegemonía, y se ponía en tela de juicio precisamente el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, y de cómo se erige, por su propia decisión, en faro y brújula moral, ética y legal de todo lo que hace y dice.

Para sostener esa “autoridad total”, señalan quienes lo defienden a ultranza, tiene como soporte la gran cantidad de votos que lo llevaron al poder, y entonces viene la pregunta clave: ¿la gran cantidad de votos que obtuvo, le dan en automático la “autoridad moral” que le achacan sus defensores, ante los embates de quienes ven en su ejercicio presidencial una nave sin rumbo?

Yo creo que no. La gran cantidad de votos que obtuvo, es cierto, le dieron la legitimidad para ser presidente. Así está considerado en las normas y los códigos que rigen a nuestra democracia, y fue gracias a ellos que se elevó por encima de los otros candidatos. Pero hasta ahí; creo que haber ganado las elecciones no es haber obtenido una especie de “patente de corso” para hacer y deshacer sin ser molestado por la crítica a sus hechos.

Me parece que, efectivamente, falta mucha más crítica (y por supuesto, mucha más autocrítica) hacia este gobierno. Y eso no significa que los anteriores no la haya necesitado, o que tenga que estar en una suerte de espacio intocable, desde el cual pueda descalificar de un plumazo a cualquiera que no piense como él.

Tampoco significa que su gobierno sea el único que tenga que ser criticado. Los gobiernos estatales y municipales, toda actividad o función pública debe también recibir el mismo trato de observación y crítica externa, a fin de no dar un “cheque en blanco” para el ejercicio del poder, pues tal práctica puede llegar a convertirse, de facto, en una práctica despótica que podría llegar a tocar la sinrazón o el franco desprecio a la otredad.

Por eso, me parece invaluable que todos los días, como sociedad, aprendamos un poquito más cada día a observar qué es lo que hacen nuestros gobernantes; debemos entender cuáles son los procesos de gobierno y legislativos y de impartición de justicia, para no criticar solamente desde el “sentimiento” o la “percepción”, que también nos pueden engañar irremediablemente.

Eso se da en la práctica constante del aprendizaje, de la obtención de información fidedigna, del alejamiento de los estereotipos y, claro, de la apertura de pensamiento para comprender a cada gobernante o funcionario público, y entonces sí, poder dilucidar razonadamente si tal o cual decisión gubernamental está tomada en función de todos aquellos a los que dice servir, o si es una muestra abierta de su cerrazón ante quienes piensan diferente.

¿Podremos, como sociedad, llegar algún día a ejercer esa crítica razonada y respetuosa hacia nuestros gobiernos? Sí, y hay que empezar todos los días a trabajar en ello…


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