Alberto Chiu
Alberto Chiu

Poco más de la mitad de la población mundial profesa, según las estadísticas conocidas, la religión católica; según esas mismas cifras estadísticas, México es la segunda nación con más católicos en todo el mundo, unos 111 millones de ellos. De manera tal, que la celebración de la Cuaresma, que hoy inicia con el Miércoles de Ceniza, resulta ciertamente relevante y nada minoritaria.

¿A qué viene el tema religioso de la Cuaresma? A que me parece que en estos momentos convulsos en el país, efectivamente México parece tener más ansia y necesidad de un liderazgo carismáticamente espiritual (como el que ejercería el presidente López Obrador, por ejemplo), que de un liderazgo político pues, como se ha visto, estas figuras están sumamente devaluadas, no generan confianza y, por el contrario, muchas se han encargado también de desprestigiar la práctica política en general.

Es muy común ahora que, durante sus alocuciones “mañaneras” o en cualquier otra oportunidad de expresarse, el presidente de la república suelte, deslice, comentarios abiertamente religiosos, o si quiere usted “moralinos”, casi asumiéndose como faro de luz en este aspecto… cuando quizás no lo es.

Efectivamente, este periodo que la mayoría católica mexicana debería usar (se supone, en teoría) para la reflexión profunda de la vida propia, a fin de prepararse para la celebración del llamado triduo pascual (los días santos, el paso de Jesucristo por su pasión, muerte y resurrección), se convierte más bien en preparación… para las vacaciones de Semana Santa.

Pero así es una buena parte de la religiosidad que se manifiesta en nuestro querido México: evidente en las festividades, dormida el resto del tiempo. Y para el caso que tenemos enfrente, dejamos que la religiosidad, curiosamente, sea manifestada ¡por la cabeza de las instituciones por naturaleza laicas! Por López Obrador, quién más.

Por eso me parece oportuno recordar que, al menos en esta época del año, sería bueno exactamente dedicar una parte de nuestro tiempo y esfuerzo a meditar, a reflexionar ya no sólo sobre la “pecadería” que cada uno trae en su costal, sino en el papel que estamos jugando como sociedad, con la clase de gobernantes que nos ha tocado tener.

Reflexionemos y pensemos, una y otra vez, qué podemos hacer como sociedad (independientemente de las religiones y sus preceptos morales o éticos) para reconstruir el tejido social; para exigirle a nuestros gobernantes más trabajo a favor nuestro; para tener el valor suficiente de levantar la voz cuando veamos que esos mismos gobernantes están cometiendo errores, etcétera.

Es urgente la reflexión, la meditación, para encontrar qué camino es el más transitable hacia una sociedad verdaderamente incluyente, plural, que esté lejos de la consideración de género, o de grupos marginales, y trate a todos iguales ante la ley, pero que no se quede solamente en papel, sino en la práctica.


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