Enrique Laviada
Enrique Laviada

Ayer escribí, estimado lector, que el camino del abucheo no me parece una buena alternativa, y lo sostengo, a pesar de los bonitos resultados obtenidos por los representantes de la Cuarta Transformación en los estados del país.

Se pudiera pensar que los silbidos y los abucheos son directamente proporcionales al éxito presidencial, o al fracaso local, pero no creo que sean una realidad en automático ni necesariamente reflejo de una determinada realidad local, no necesariamente.

Para el presidente lo más fácil es dejar que se expresen las opiniones o las quejas o las demandas o las reivindicaciones en cada lugar que visita, se entiende y se sabe que es un método válido para todos, a pesar de todos los pesares.

Se entiende.

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Pero también me parece legítimo que gobernadores de los estados, como Ignacio Peralta, de Colima, pongan un alto al “rito” de los abucheos en contra de quienes personifican opciones políticas distintas a las del presidente de la República, por la sencilla razón de que en eso, precisamente, estriba la diversidad, la pluralidad y la democracia, como forma de convivencia civilizada.

Las palabras de Peralta creo que son dignas de crédito, cuando afirma: “podemos dejar que se desahogue esta parte de lo que parece ser un protocolo en todas las entidades federativas, para que después, en esas buenas prácticas parlamentarias, ya me permitan a mí hacer el uso de la voz”, haciendo frente a la algarabía opositora, es decir, a las huestes de Morena en su estado, quizá alborotadas por el influjo del poder, en un ejercicio que, insisto, resulta completamente absurdo e inadmisible.

En suma, la postura asumida por Ignacio Peralta, gobernador de Colima, me ha parecido por demás digna y elocuente respecto a lo que se constituye en una peculiar forma de ejercer el poder federal, es decir, en una resistencia activa de los gobernadores ante el presidente.

Según creo, ésa era la forma especial de magnificar la democracia y menospreciar el poder absoluto de los titulares del Ejecutivo federal, en esa formulación teórica que corresponde al presidencialismo mexicano, una expresión de la antidemocracia, según los observadores históricos del fenómeno nacional.

En la parte esencial del asunto, el gobernador de Colima hizo una aportación que pude ser un verdadero parteaguas, cuando dijo: “desahogado el punto en la orden del día del abucheo, sigo entonces con mi mensaje, señor presidente, en esta pluralidad, no podemos ofrecer incondicionalidad, no sería digno”, y con eso calló a las turbas irredentas que le acosaban sin sentido alguno.

Y el gobernador agregó, creo que para fortuna de todos nosotros: “ninguna postura posee el patrimonio de la verdad y todo debe ser discutible y más cuando se trata del pueblo”, palabras que suenan a consonancia con la llamada Cuarta Transformación, o representan pruebas o medios de autentificación del discurso, creo.

Por lo pronto, tenemos una digna postura de un gobernador, en la espera, quizá, de que le sigan otros tantos, en el foro abierto de la Conferencia Nacional de Gobernadores (Conago), justo ahí donde nuestro estado es posible que brille por su ausencia, creo.

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Acertijo

No me haga caso.


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