Alberto Chiu
Alberto Chiu

Se hizo viral el video de una joven que, tras descender de un camión que la transportó de Tacoaleche a Guadalupe, transmitió en vivo en las redes sociales su miedo, asco, indignación y desesperación porque junto a ella, en el vehículo, un sujeto mayor de edad se iba tocando los genitales en medio de los pasajeros, sin que al parecer nadie hiciera o dijera nada.

A ese video, la respuesta de la autoridad de transporte –a cargo de Miguel Rivera Villa– fue que ya tienen ubicado el camión, al operador, y que harán una investigación para dar con los responsables de semejantes conductas antisociales en el transporte público local.

Pero lo que llamó mi atención, más bien, fueron algunas de las reacciones que también en redes sociales se difundieron, como reguero de pólvora encendida, y que más parecen un reclamo abierto (y hasta en tono de regaño) hacia la joven del video, por no haber dicho nada cuando el sujeto a su lado se tocaba. No gritó, no lo denunció al chofer, o a cualquiera de los pasajeros a su alrededor, sino que se guardó impotentemente la indignación, hasta que se bajó del camión.

Eso sí, se armó del coraje suficiente para alcanzar a tomarle fotos al sujeto, para que quien lo vea después sepa quién es y qué hace. Pero ¿por qué no decir ni hacer nada en el momento, para detener lo que evidentemente fue una agresión sexual?

Pues precisamente me parece que por la misma razón por la que muchos ciudadanos, en el momento preciso, no denuncian cuando ven un robo en la tienda de la esquina, o cuando son testigos de que un hombre le pega a su esposa o a sus hijos, o se percatan de que en la calle donde viven hay unos jóvenes drogándose o vendiendo droga… por miedo. De ese miedo que paraliza y que no te deja hacer ni decir nada.

La verdad es que a cada rato hacemos (me incluyo) el constante y reiterado llamado a que todos, en nuestra vida diaria, aprendamos a denunciar cualquier acto ilícito que presenciemos, pero no siempre es sencillo. La más mínima preocupación de que nuestra denuncia vaya a traernos consecuencias funestas, nos detiene. El miedo a denunciar es también el miedo a las represalias, a las venganzas.

En el caso de la joven agredida en ese autobús suburbano, me parece también juega otro factor: el de ir en medio de muchos desconocidos, con el evidente temor de no saber en quién o en cuáles de ellos confiar, sean hombres o mujeres, para pedir ayuda sin el temor de que también vaya a resultar otro agresor/agresora.

Lamentablemente, nuestra sociedad está metida en esos dos grandes abismos: el miedo y la desconfianza. Tememos y desconfiamos hasta de nuestros vecinos, mucho más de nuestras autoridades, y por ello, se hace más difícil fomentar la cultura de la denuncia. ¿Y qué vamos a hacer al respecto? Para empezar, le propongo desarrollar mejores relaciones sociales con quienes nos rodean, vecinos, amigos, familia. Ya de ahí, empezamos a restablecer el tejido social, y lo que venga más adelante, se dará solito.


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