David H. López
David H. López

Como se dice en redes, nos “subimos al tren” de los 100 días y lo hacemos comentándolo con una perspectiva comunicacional, concentrando lo más relevante en cinco puntos.

  1. Establecer la agenda. El simplismo que proclama el inicio del gobierno desde el 2 de julio nos parece más una alegoría que no merece ser tomada en serio. Dicho argumento no es exclusivo de uno de sus extremos polarizados, detractores o partidarios. Se ha escuchado en ambas alas. Creerlo es una ilusión mediática creada por un fenómeno concreto: López Obrador, a unas horas de haberse proclamado su triunfo, se aprestó a establecer la agenda. Eso, para muchos comentócratas, es gobernar. A 100 días de asumir el poder, vemos sólo una continuidad: el presidente se levanta temprano y habla con la prensa. Se ha criticado el contenido unidireccional de las ruedas mañaneras, incluso se ha criticado el que las llamen “ruedas de prensa”, ya que, dicen los puristas, en estricto rigor no lo son. No hay una figura periodística o un argumento o una línea de cuestionamiento lo suficientemente poderosa para plantarle cara al presidente en aras de la información y de la verdad. Lo que se antoja desubicado es que se pretenda culparlo de ello cuando la crisis de los medios tiene otras raíces. Por lo pronto, nadie disputa esa verdad, AMLO establece la agenda nacional. Y sí, tiene más de 100 días haciéndolo.
  2. Prendas de acción que se tornan símbolos. Ver un soldado que resguarda Palacio Nacional saludar a un Jetta blanco al filo de las 6 de la mañana, los vuelos de aerolínea donde la antesala se vuelve una interminable sesión de selfies, pararse a comprar un café en el Oxxo sin seguridad, son más que símbolos. Son prendas de acción que resuenan como campanazo en la cabeza de la gente y la verbalización es, “éste es un presidente diferente a todo lo que se ha visto en décadas, vive como la gente, sabe sus problemas, y se siente cómodo entre el pueblo, porque proviene del pueblo”. Abona a esta percepción el que en su personalidad AMLO se ve natural pareciendo austero porque lo es.
  3. Temas redituables y temas de riesgo. En comunicación política los riesgos son apuestas de tahúr; sólo vale meterse cuando perder sea difícil, si no es que imposible. Y quienes dominan el arte apuestan doble o nada. Como ejemplo integrador recordemos el combate al huachicoleo: atrás de las filas por desabasto, detrás del humo de la tragedia de Tlahuelilpan, hay un trasfondo de valor para el ciudadano: cazar la corrupción.
  4. Uso y abuso de su propia imagen como ariete, escudo y mortero. No hay un sistema gerencial de comunicación por células o unidades de difusión autónomas con un ADN poderoso y eficiente. No se advierte un dispositivo con la sofisticación de consultores caros; en parte por la animadversión del presidente a mantener todo lo que sea o aparente ser charlatanería. En virtud de esto, todo depende de su mañanera; a la distancia esto puede advertir riesgos, pero de momento la imagen presidencial es lo suficientemente blindada, impermeable e incombustible para exponerla sin temor como tanque blindado: lo mismo funciona para abrirse paso, disparar declaraciones demoledoras o simplemente defenderse.
  5. Queda un tema de atención. ¿Hay realmente un riesgo para quienes resultan fustigados por sus declaraciones? ¿Sus vidas han estado en peligro? La diferenciación entre el opositor por muchos años y el jefe de estado merece tratamiento aparte, pero de entrada negar la legitimidad política del derecho de réplica presidencial, suena a una añoranza de quienes quisieran atacar e incluso calumniar a sus anchas sin recibir respuesta. Abundaremos más adelante.

 


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