Alfonso Carlos Del Real López / Politólogo
Alfonso Carlos Del Real López / Politólogo

“En su obra “La política como vocación”, Weber cuestiona qué se entiende por política y resuelve que ésta es “la dirección o la influencia sobre la dirección de una asociación política, es decir, en nuestro tiempo, de un Estado”. Pero, ¿hemos reflexionado el qué de la política? ¿El porqué del poder? ¿El porqué de los liderazgos?”.

 

 “Dice Max Weber que “Quien hace política aspira al poder; al poder como medio para la consecución de otros fines (idealistas o egoístas) o al poder “por el poder”, para gozar del sentimiento de prestigio que él confiere””.

 

No hace mucho tiempo que en una plática hablaba sobre el espíritu que podría -y debería- tener la colaboración de un servidor en Crítica, forma y fondo. Alguien me alentaba -o por lo menos ésa es mi interpretación- a hacer de mi espacio en Crítica uno donde cupiera el señalamiento profesional, propositivo y fundamentado, y que a la vez fungiera como un pequeño cosmos donde todo cupiera, hasta el conocimiento científico.

Y es precisamente ese espíritu el que desde hace algunas semanas hemos buscado desarrollar en estas colaboraciones, todos los miércoles, para que, quizás con suerte, algún incauto pueda leer estas líneas y llevarse algo más de lo que tenía cuando se decidió a leer la aportación de este que escribe en tan ameno suplemento de El Diario de NTR Zacatecas.

Cuando me invitaron a colaborar considerndo lo realizado por Max Weber, sonreí. De inmediato me remití a mis años mozos universitarios cuando entre todas las clases que tenía, particularmente filosofía y teoría política, revisábamos, entre otros, los textos weberianos.

 

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¡Oh, sorpresa! Que unos pocos años después de finalizada mi educación universitaria me reencuentro con Weber. La gracia que genera la diferenciación entre un político y un politólogo es hasta de risa. Yo, egresado de la Licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública, en la actualidad evito aclarar mi licenciatura y solamente digo que estudié “administración pública”. Porque es inevitable que cada que menciono que estudié “ciencias políticas”, en un noventa por ciento los comentarios son relacionados a “estudiaste para político”. Y ante mi negativa, sólo veo los rostros de confusión de la gente. “¿No estudiaste para político?”. “No”, reviro. Y remato con un “para político no se estudia”. Y ahí entra Weber.

En su obra “La política como vocación”, Weber cuestiona qué se entiende por política, y resuelve que ésta es “la dirección o la influencia sobre la dirección de una asociación política, es decir, en nuestro tiempo, de un Estado”. Pero, ¿hemos reflexionado el qué de la política? ¿El porqué del poder? ¿El porqué de los liderazgos?

La dirección sobre la dirección de una asociación implica una posición superior, de mando, con conocimiento del objeto de la misma y de los objetivos que persigue. Pero más adelante, en el desarrollo de su elucubración, Weber señala que “tendremos que decir que Estado es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio (el territorio es el elemento distintivo), reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima. Lo específico de nuestro tiempo es que a todas las demás asociaciones e individuos sólo se les concede el derecho a la violencia física en la medida que el Estado lo permite. El Estado es la única fuente del “derecho” a la violencia. Política significará pues, para nosotros, la aspiración a participar en el poder o a influir en la distribución del poder entre los distintos Estados o, dentro de un mismo Estado, entre los distintos grupos de hombres que lo componen”.

Aquí el asunto se pone interesante. Porque vuelvo a lo que platicaba respecto de la esencia de estas colaboraciones: abordar los temas desde la perspectiva del “político” y del “científico” que maneja el sociólogo alemán.

En la primera encuadramos las cosas que “no necesitan ciencia”, que se aprenden de forma empírica y que no tienen mayor aportación al conocimiento que simplemente “el hacer las cosas”; por el otro lado, en la segunda de ellas, remitimos los temas a que sean vistos con naturalidad desde una perspectiva de ciencia, es decir, de construcción de conocimiento y de conciencia, a diferencia de la anterior, donde no se estipula la necesidad de un método para entender, comprender y hacer las cosas.

 

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Dice Max Weber que “Quien hace política aspira al poder; al poder como medio para la consecución de otros fines (idealistas o egoístas) o al poder “por el poder”, para gozar del sentimiento de prestigio que él confiere”. Aquí entonces se abre la consideración de que los individuos son conscientes de la noción de poder, lo que se tiene y se logra con él, y enfocan su esfuerzo en ocupar esos espacios para que, desde ahí, incidan. Por otro lado, hay quienes estudian o son espectadores racionales y conscientes de lo que sucede en las esferas de poder -en los círculos de decisiones- y se apartan de ellos como actores, pero no como críticos.

Sobre los que ejercen poder, dirigido al político profesional, Weber señala las maneras puras en las que éste se ejerce: “En primer lugar, la legitimidad del “eterno ayer”; En segundo término, la autoridad de la gracia (carisma) personal y extraordinaria, la entrega puramente personal y la confianza. La entrega al carisma del profeta, del caudillo en la guerra, o del gran demagogo en la Ecclesia o el Parlamento, significa, en efecto, que esta figura es vista como la de alguien que está internamente llamado a ser conductor de hombres, los cuales no le prestan obediencia porque lo mande la costumbre o una norma legal, sino porque creen en él. Y él mismo, si no es un mezquino advenedizo efímero y presuntuoso, “vive para su obra” (…) por último, una legitimidad basada en la legalidad, en la creencia en la validez de preceptos legales y en la competencia objetiva fundada sobre normas racionalmente creadas””. Tres formas de dominio, tres formas de ejercer influencia, tres formas de ser respetado que no requieren una profesionalización del político, sino solamente circustancias favorables a él… Y desfavorables a la mayoría, en sentido de poder.

 

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Pero he aquí la magia de Weber, cuando desde hace ya cien años podía describir lo que se vive en actuales regímenes a lo largo y ancho del mundo: “La entrega al carisma del profeta, del caudillo en la guerra, o del gran demagogo en la Ecclesia o el Parlamento, significa, en efecto, que esta figura es vista como la de alguien que está internamente llamado a ser conductor de hombres, los cuales no le prestan obediencia porque lo mande la costumbre o una norma legal, sino porque creen en él. Y él mismo, si no es un mezquino advenedizo efímero y presuntuoso, “vive para su obra”. Pero es a su persona y a sus cualidades a las que se entrega el discipulado, el séquito, el partido”.

 

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Aquí tiene Usted, estimadx Críticx, un análisis para entender la dolorosa realidad. Leer a Weber nos ayudará.


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