Alberto Chiu
Alberto Chiu

Imagine usted una familia con dos hijos en edad escolar que, además, vive en una situación económica bastante precaria, y que encuentra en la escuela pública donde los tienen inscritos, un apoyo invaluable para paliar su pobreza: hay un comedor escolar, donde a los pequeños les dan alimentos sanos, balanceados –y quizás hasta una colación al mediodía– por apenas una cuota de recuperación de 5 pesos.

Resulta que es una institución que labora en el esquema de Escuelas de Tiempo Completo (ETC), donde además los menores reciben cursos adicionales o tutorías especiales para mejorar su aprovechamiento y rendimiento escolar. Vaya que se trata de buenas noticias, ¿no?

Ahora imagine que, un buen día, a esos padres de familia les dicen que, en virtud de que no les han mandado los pagos que les adeudan por trabajar en el citado esquema de Tiempo Completo, pues ya los profes no podrán pasar más tiempo dándoles clases de inglés, o prácticas de manualidades, o tutorías de matemáticas para regularizar a los que van un poco más atrasados.

Y lo peor: ya no podrán brindarles el servicio de comedor escolar, a menos que los propios padres de familia aporten ya no 5 pesos, sino 25 pesos diariamente, para poder comprar los alimentos y pagarles a quienes los cocinan. Imagine la desesperación y la impotencia de esos padres que, ciertamente, habían cifrado en la escuela su única posibilidad de garantizarle, al menos cinco días a la semana, por lo menos un alimento completo a sus hijos, ya que ellos no podrían dárselo, ni mandarlos con un lonche, ni mucho menos con dinero para que se compraran algo a la hora del receso.

El resultado es múltiple: los pequeños llegarán con hambre todos los días, así seguirán hasta el final de la jornada escolar, su rendimiento bajará, y los padres se verán presionados para conseguir alimentarlos… precariamente, claro.

Las evidencias señalan que ahora serán, precisamente, las Escuelas de Tiempo Completo las que sufrirán (entiéndase los niños y sus familias, claro) los recortes o los retrasos en la ministración de recursos, debido a los más recientes cambios y ajustes en las políticas públicas de distribución de los dineros públicos, sin importar que sean los pequeños (creo yo el sector más importante) los que la sufran peor.

Suspender el servicio de comedores escolares, aunque sea temporalmente en lo que se acomodan para las nuevas formas de operación de estos programas, es darle un golpe certero en la boca del estómago a muchos niños que no tienen otra cosa qué comer, así como al bolsillo de sus papás, un bolsillo que muchas veces está prácticamente vacío.

Qué sigue… ¿que prometan que en lugar de comedores escolares le van a dar apoyos directos a los papás para que les compren alimentos a sus hijos al mandarlos a la escuela? ¿o que se lo darán a los abuelos para que sean quienes preparen su lonche escolar todos los días? Quizás estoy llevando el asunto al extremo absurdo, pero… la realidad me dice otra cosa. Me dice que por más buenas intenciones que haya para evitar la corrupción, la forma de conseguirlo nueva mente vuelve a lesionar, como siempre, a quienes menos tienen.


Nuestros lectores comentan

  1. Por que no realizan una investigación del dinero que Miguel Alonso desfalco de las Escuelas de Tiempo completo, facturando computadoras de $ 4000 a $ 12,000 solo por decir un ejemplo. Su articulo Pobre de Pobre sólo es una justificación pagada del Gobierno del Estado, en el que trata de enmendar su falta de acción al investigar los saqueos de Miguel Alonso.
    Miles de veces el gobierno a desviado recursos de otros sectores (No se diga educación) para “favorecer” un proyecto, ¿por qué no ocurre en este momento?

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