Adolfo Luévano / Profesor y lector
Adolfo Luévano / Profesor y lector

Supongo que Ambrose Bierce era un hombre rubio. Las fotografías (a blanco y negro) así lo sugieren. Lo que éstas no sugieren son los detalles importantes, como que tenía un ingenio enorme, o que padecía una terrible misantropía tal como un masoquista –supongo– puede padecer los reajustes de un cilicio. Esas fotografías tampoco sugieren que leyó y escribió de manera abundante, ni que así mismo, de manera abundante, bebió alcohol durante una buena parte de su vida, o que era un tipo inclinado a la aventura y un poco al suicidio, como bien lo representa esa decisión suya de unirse a las huestes de nada más y nada menos que Pancho Villa, de las cuales ya no salió vivo, o tal vez sí, pero con otro nombre, quizá sin su espeso bigote y con una piel algo tostada.

En cualquier caso, lo que haya hecho a partir de 1914, año en el que la mayoría de los estudiosos suponen que ocurrió su muerte, es cosa que no nos interesa, al menos no en esta ocasión. Después de todo, para entonces Ambrose Bierce ya era un hombre de poco más de setenta años: es difícil imaginarlo acumulando siquiera otros cinco. A menos, claro, que haya hecho algún pacto con el Diablo. Es posible que éste le concediera la inmortalidad o un siglo más de vida –pues, ya en serio, quién querría vivir para siempre– a cambio de que escribiera un libro con él o a nombre suyo: El diccionario del Diablo.

Seguramente ya leyeron El diccionario del Diablo o por lo menos han oído hablar de él. Con suerte, ya lo compraron, se los prestaron o se los regalaron –todos sabemos que tratándose de libros prestar y regalar son verbos intercambiables–, y ahí lo tienen entre las lecturas que realizarán en los próximos días, si antes Dios no les pone un nuevo obstáculo.

Y es que es un libro bastante reconocido desde 1906, cuando apareció publicado por primera vez, bajo un título menos temerario: El diccionario del cínico; y aun desde antes, pues los textos que se reúnen en este libro primero fueron publicados en los periódicos para los cuales Bierce trabajó como columnista, editor e incluso director. La publicación de El diccionario del Diablo (titulado así a partir de 1911) le puso fin a una tarea de tres décadas, durante las que Bierce, poco a poco, como no queriendo la cosa, fue armando el más celebrado de sus libros y también, desde luego, preparando a sus primeros lectores y apóstoles.

El diccionario del Diablo es, efectivamente, un diccionario: se compone de palabras que, distribuidas en orden alfabético, son definidas con una o más entradas. Pero, por ser diabólico, obviamente no es un diccionario como los demás. En primer lugar, no es un diccionario exhaustivo sino selectivo y, en ese sentido, arbitrario: sólo define lo que se le antoja definir. Y, en segundo lugar, las definiciones que lo componen le huyen a la seriedad y al carácter objetivo, característicos de los lexicógrafos tradicionales, quienes a toda costa procuran no dejar rastro alguno de sí mismos en las entradas que redactan.

Las de El diccionario del Diablo son definiciones escurridizas, danzarinas, corrosivas; en fin, malévolas: corresponden sin lugar a dudas a su autor o al discípulo al cual se las dictó. En realidad, más que definir a las palabras, hacen mofa de ellas. Y esto uno lo puede comprobar eligiendo cualquier ejemplo al azar:

 

ópera s. Espectáculo donde se muestra la vida en otro mundo, cuyos habitantes no tienen más idioma que el canto, sólo el ademán como movimiento y la actitud como postura. Toda actuación teatral es simulación, y la palabra simulación deriva de simio o mono. En la ópera el actor toma por modelo al simia audibilis (o pithecantropos stentor), es decir, al mono que aúlla.

 

En sentido estricto, El diccionario del Diablo es un libro de aforismos, y más todavía: uno de los mejores libros de aforismos jamás escrito. Cada uno de sus textos combina dos elementos esenciales –por lo menos en sus manifestaciones más recientes– a esta forma literaria: la brevedad y el humor, ambos expresiones de una inteligencia clara y de un alma inclinada a dinamitarlo todo. A diferencia de los antiguos aforismos, que eran más bien sentencias y hasta axiomas, los de Ambrose Bierce no presumen sabiduría, no intentan adiestrar a nadie. Antes bien, hacen de cada lector un cómplice. Y es así como nadie que haya recorrido con gozo las páginas de El diccionario del Diablo puede ser inocente. Y es así como todos tendremos algo de qué platicar cuando nos topemos en el Infierno. No lo duden: tendremos tiempo de sobra para hacerlo.

 


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