Edgar A. G. Encina / Profesor de cátedra en la Unidad Académica de Letras, UAZ
Edgar A. G. Encina / Profesor de cátedra en la Unidad Académica de Letras, UAZ

Un par de semanas atrás, José Ovejero (Madrid, 1958), en un artículo publicado en Zenda [www.zendalibros.com], se preguntó si debía apostar por abrir una librería o una bar. Se trató del problema cuatro de la serie «¿Y a quién le importa que cierre una librería?», junto a otros apuros como la funcionalidad de la web, las tradicionales y las nuevas redes de consumo-distribución, las funciones estatales y el negocio de los libros de texto. No se tome a broma la cuestión. Estamos frente a un circunspecto conflicto peninsular que recorre el ADN cultural, pues todo español, siempre y hasta el último día de vida, se ve atendiendo su bar. ¡Ha! Los anhelos nacionales.

Empero, lo que me llamó fue la posibilidad de debatirse ente apostar por una librería frente al rentable negocio de embriagar parroquianos. No es por alardear, pero reconozco más de una veintena de bien habidos personajes que dejan, apuestan e invierten un promedio considerable de salario en la estabilidad financiera de su cantinero. Frente a ese sonoro dispendio, los mismos apenas van por uno o dos impresos al mes porque –ahí les doy razón– un vaso de whiskey se consume con mayor velocidad que las más de 150 páginas de La tregua (1959) de Mario Benedetti (Uruguay, 1920-2009) o Serotonina (Anagrama, 2019) de Michel Houellebecq (Francia, 1956-2018), por ejemplo.

Y, es que frente al creciente número de librerías cerrando y la vigorosidad del sector editorial saltan las preguntas, algunas conjeturas y pocas respuestas concretas. O, ¿acaso no suena –lo menos– cuestión de rompecabezas que en la época que más libros se editan, imprimen y adquieren, cada mes restemos librerías? No parece un tema de simple consumo. Aunque los libreros hayan adoptado la lamentación como parte de su eslogan publicitario, los números son enormes; si sólo 5 por ciento de los 7,550 millones de personas que somos compra libros, la cifra se torna grandilocuente. Sin embargo, el agua se corre entre las manos. Frente a ello, los saldos en bares dan para carnavales todos los fines de semana.

El salvamento de las librerías obvia en las maneras de diversificación de su canal mercantil. Por un lado, que además de librerías sean otra cosa, como café, bistró y/o restaurante. Por el otro, que sus líneas de venta se amplíen al Internet en todos los abanicos de posibilidades. Desde inicios del siglo que nos cobija, hemos visto que las librerías entran en un canal de amplitud. Por ejemplo, el modelo del Fondo de Cultura Económica (FCE) sólo replica el ejercicio que en otros sitios ha funcionado: lugares blanquecinos que mezclan iluminación natural con led amigable y sillones para el descanso que invitan a ojear los impresos cobijados por estantes. Junto, una cafetería o un restaurante con música tenue que estimula alargar la visita.

A los días que cuenta el año he comprado masomenos 50 libros que van entre los gustos personales, las exigencias laborales y los pedidos en casa. De esa cantidad, conseguí la mitad en línea, algunos en páginas de librerías ad hoc, otros en las de mercadeo abierto y los más gracias a las redes sociales que nos conectan. La otra mitad llegó desde las librerías que hay en la ciudad que habito y en las vecinas. Estos casos los tomo como hallazgo, un mero fortuito. Con los alumnos y amigos es distinto, la mayoría compra en línea porque «aquí no encuentran», «porque a vuelta al centro agota», porque una cosa y mil más. Si voy a librerías de la manera tradicional es por nostalgia, o eso dicen cada vez más.

Así, si escucha o lee que una librería cerró fue –le aseguro– en gran parte porque no atendió el nuevo modelo de marchantaje que, sin afectar el tradicional, increpa a encender la cafetera, a prender el ordenador, a abrir una cuenta en línea, a poner un par de sillones, a dejar que se hojeen algunos ejemplares, a poner un frasco de dulces… Porque, lo sabes, lector, abrir un bar será tu fin.


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