Emilio
Emilio

En la vieja casona de la Alianza Francesa (sita calle Fernando Villalpando, contra esquina del Palacio Legislativo) está la exposición La Llave, de Javier Cortez. La muestra está integrada por más de dos docenas de obras de un artista que labora con filigrana propia. Cada obra es de formato promedio de poco más de un metro cuadrado, impuesto en papel y otros materiales: óleo, impresión… La paleta va de lo tenue al siempre impresionante rojo. La figura clave es la representación de una llave, con colocación vertical: cabeza arriba, muesca abajo…

Las llaves de Cortez oscilan de presunción y silueta, o llaves maestras que caben en cualquier bocallave, son rectángulos sin ostentosas guarda ni hoja. Lo suyo es estar en el tambor –cuadro–, cuya finura lo proporciona el bombín, que bien puede depender del diálogo deseado de Javier con el espectador o el espectador es el cilindro que capta el mensaje.

Esta exposición implanta una función de un objeto cotidiano: la llave. Cada llave abre, cierra, excluye, protege, limita. Pero, lo más: es un medio que cuenta a un Cortez consciente de su vocación artística, conducta que lo separa del oficio de pintar.

 


Los comentarios están cerrados.