David H. López
David H. López

Dos factores han alterado la lógica del periodismo y las relaciones públicas.

Por una parte, el cambio en los flujos de información en todo el mundo gracias a las redes sociales, donde el reporteo y sus procesos editoriales se democratizaron y ahora cada persona con un teléfono inteligente es potencialmente un “reportero”. Dicha línea entre el profesional de la información (siempre necesario) y el ciudadano ‘reporteando’ quedó tenue desde el momento en que por ejemplo un video aficionado se convierte en tendencia y noticia o algún famoso omite el proceso editorial de medios tradicionales y publica una declaración que instantáneamente llega a sus millones de seguidores.

El otro, la reforma electoral de 2007 que prohibió la compra de publicidad electoral y política orillando a institucionalizar el “chayote”, disfrazando anuncios como cobertura periodística en la agenda noticiosa aunque en la facturación es a la inversa: la cobertura cobrada se disfraza de publicidad. En las oficinas de comunicación social de gobiernos y en direcciones de comunicación privadas todavía se lidia con la realidad de que no importa el impacto de la información para las audiencias: si se desea publicar hay que pagar para conseguir cobertura en periódicos o entrevistas en radio y televisión.

El periodismo y las relaciones públicas son dos disciplinas que interactúan constantemente usando principios básicos de comunicación para aportar valor a la sociedad. Paradójicamente, se supone que ambas sirven a la verdad, pero se encuentran en constante tensión. Las relaciones públicas, como la disciplina que comunica a personas y organizaciones con sus públicos conectando al emisor con el receptor. Por su parte el periodismo es la obtención y consignación de información para transmitirla a la sociedad.

Para ejercer ambas existen manuales y principios que regulan su oficio y ética. En el caso de las relaciones públicas, se le estigmatiza pensando que es una disciplina enemiga de la verdad, en tanto sea inconveniente para su representado, pero en su ética no busca ni mentir ni distorsionar; acaso administrar estratégicamente la información para conseguir una percepción armoniosa. Un publirrelacionista ético no se presta a la mentira. Sucede lo mismo con el periodista, cuyo ideal debe ser la obtención vía investigación y reporteo de la verdad para darla a conocer para el interés del público.

Separando la práctica del dinero, se supone que en un medio el área comercial no tiene influencia ni relación con la redacción, aunque de sobra es sabido que eso no siempre sucede.

La contraparte también vive –se supone– una división similar. Si bien las áreas de comunicación y marketing buscan fines similares, sus procedimientos son distintos. Por ello –también se supone– que el área de relaciones públicas no tiene presupuesto para pagar cobertura como si fuera publicidad.

En esta realidad sigue siendo importante la credibilidad y oficio de los medios y sus periodistas y de los publirrelacionistas, aunque las redes sociales y canales como Youtube han abierto otros frentes –mucho más bidireccionales entre el emisor y el receptor– donde interactúan todos.

En una combinación de los anteriores factores, esto ha traído una gran crisis de credibilidad a los medios y periodistas tradicionales; ya antes lo comentamos http://bit.ly/2X0tpvN y gran parte de su problemática es que han renunciado a ejercer el oficio sin sesgos como el económico.

Con esta nueva comunicación asistimos –para bien y para mal– a la inauguración de nuevas formas; por ejemplo, para analizar la conveniencia de que medios con intereses y tendencia ideológica disidente al gobierno ejerzan una agenda informativa opositora y que la respuesta del presidente de México sea un debate confrontacional e incluso adjetivaciones como ‘prensa fifí’. Lo veremos la próxima.

 

 


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