Enrique Laviada
Enrique Laviada

El más importante partido electoral construido por la izquierda mexicana se encuentra a un paso de su muerte, algo tan triste que incluso creo no alcanzamos a dimensionar, de hecho no me explico que alguien pudiera sentir alivio ante semejante tragedia, y me refiero en especial a quienes fueron sus fundadores y en otro tiempo entusiastas constructores.

Con la inminente desaparición del PRD se esfuma, también, la posibilidad abierta hace treinta años de conformar un agrupamiento abierto, democrático, progresista, pero sobre todo moderno, es decir, representativo de una izquierda con visión de futuro y la suficiente flexibilidad como para lograr la integración del país a las nuevas condiciones del mundo, en una de las etapas más complejas de la historia humana.

La promesa de una izquierda libre de dogmatismos y alejada de cacicazgos funestos desaparece junto a las siglas del PRD, ninguna de sus dirigencias, ninguno de sus principales personajes, ninguno de sus originales promotores pudo darle sentido histórico al nuevo partido, ninguno.

La ideología y los principios de la izquierda no pudieron sobrevivir, literalmente, al ser aplastada por el enorme peso de los intereses económicos, la muerte del PRD se debe al maldito dinero y la ambición que desata en las personas y endurece a los grupos de poder, lejos de la inspiración social, libertaria y democrática.

Por eso la muerte del PRD es, en muchos sentidos, la de la izquierda misma, es la extinción del socialismo como forma posible de convivencias humana y participación colectiva.

Una izquierda, por cierto, que había logrado entender el enorme valor y la importancia del pluralismo y la coexistencia democrática con las otras expresiones de la vida pública, es decir, que había logrado avanzar en la conjunción de la lucha por la justicia y su inclusión en las reglas democráticas, sin el autoritarismo de otras épocas, bien dotada de flexibilidad en sus convicciones.

En el réquiem al PRD se podrá decir que deja de existir quien nunca pudo llegar a ser lo que quiso y debió llegar ser, para desgracia de todos y no nada más de quienes se dedicaron, sobre todo en los tiempos más recientes, a lucrar descaradamente con sus siglas.

Sin embargo, lo peor de esa tragedia es que su continuación en Morena tiene en escena a los mismos protagonistas, con similares ambiciones, organizados en las mismas ligas de la indecencia, con la misma hambre y sed de poder, y por lo que se deja ver sin escrúpulos ni limitación alguna.

Por desgracia, Morena no cuenta con una definición ideológica clara, es sólo una amalgama de intereses, por cierto bastante retorcida en la que se mezcla lo peor de otros partidos, entre todos dispuestos, al parecer, a reproducir los mismos vicios que llevaron a la muerte al PRD, lo que entristece aún más el momento político en el que nos encontramos, paradójicamente, a unos cuantos meses de que asumiera la presidencia un hombre salido de sus filas, las del PRD, que fue su presidente nacional, su fundador, y ahora está al frente de la República, pero sin partido.

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Acertijo

Ni cómo rogar por su alma


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