Enrique Laviada
Enrique Laviada

Era de esperarse que el monstruo de la minería que se había conformado entre el capital norteamericano de la NewMont y la canadiense GoldCorp produjera una voracidad sólo proporcional a la magnitud y poder económico global.

Es de sobra conocida la enorme riqueza que tienen esos corporativos transnacionales por concesión de derecho a explotar, las enormes riquezas extraídas de esa desértica zona del norte del nuestro estado, y lo que representan para el desarrollo económico y el lugar que ocupan en el mercado mundial de los metales.

Pero también es conocida su voracidad, su desprecio por las comunidades y por las empresas locales que deberían encontrar beneficios y círculos virtuosos en sus operaciones, lejos de ello la minera suele ser notablemente díscola y muy prepotentes quienes la representan en el país.

De ahí su conflictividad manifiesta.

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De modo que también  era de esperarse que algunos actores políticos, como el ahora senador José Narro, se aprovecharan de semejantes contradicciones y no pocos abusos cometidos por los empresarios extranjeros, y lograran sacarle raja al asunto.

El oportunismo de Narro es archiconocido, se distingue por su capacidad para alimentarse del conflicto y las luchas sociales, que transita por los partidos sin pudor alguno, experto en la política de las dos caras, que busca y encuentra con suficiente frecuencia enemigos de sus enemigos con quienes pactar lo que sea, siempre en su provecho y propio beneficio.

Ésta no es la primera vez que Narro es acusado de lucrar con las causas sociales, pero resulta que ahora Morena lo ha hecho senador de la República, con lo que sus negocios crecen y se proyectan hasta alcanzar proporciones incalculables, él ahora es el que demanda en los tribunales, y es él quien está cerca del Presidente y, vaya usted a saber estimado lector, quizá hasta cuente con su anuencia, lo que confieso que no sabría de cierto, pero le aseguro que tampoco tendría razones para dudarlo.

De ahí su fuerza.

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Desde el principio del conflicto de Narro con la minera, también era de esperarse que el gobierno del estado quedara en ridículo, sin capacidad alguna para buscar una salida, montados en declaraciones de “buena fe” con las que hacen votos para que las partes lleguen a acuerdos y vuelva la santa paz de la producción.

La ineptitud del gobierno actual la encarna el presunto secretario de Gobierno, Jehú Salas, por completo rebasado, sin los conocimientos ni la experiencia que son necesarias para representar al estado en semejantes circunstancias, quien lleno de apuros y aflicciones se refugia en su propia mediocridad para esperar que,  algún día y de algún modo, todo se solucione favorablemente.

Por primera vez, desde que yo tengo memoria de los asuntos locales, una administración estatal es reducida a su mínima expresión, al grado de convertirse en el hazmerreír de propios y extraños, para luego salir, literalmente, sobrando en la escena, mientras los intereses en pugna se despliegan, sin remedio aparente, y con los daños colaterales correspondientes.

De ahí su debilidad.

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Acertijo

Falta que toque fondo


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