Alberto Chiu
Alberto Chiu

Será todo lo reconfortante y festivo que quieran; se podrá interpretar como un esfuerzo titánico de traer entretenimiento a tierras yermas; y habrá quien diga que por supuesto que “las madrecitas” se merecen eso y más; será el sereno… pero cada vez hay más voces que reclaman, con enojo, que el gobierno estatal se gaste el dinero que no tiene (o que dice no tener) en fiestas y conciertos.

Fiestas y conciertos que, por cierto, los propios organizadores del gobierno anunciaron costarían algo así como unos 6 millones de pesos, y que mucha gente se pregunta si no hubiera estado mejor gastarlos –por poco o mucho que sean– en asuntos de mayor trascendencia y urgencia para la entidad, y no en pachangas en las que tristemente, como ayer en la Plaza de Toros, la desorganización dejó fuera a muchas mamás enojadísimas, con su boleto en la mano y sin poder entrar. O no saben contar los aforos, o no le entienden al tema, de plano.

Pero es que hasta el momento, el propio gobierno estatal es quien ha dado pie a que la gente se sienta incómoda por estos gastos que para muchos son superfluos, mientras hay tanta precariedad en asuntos mucho más terrenales y además asequibles. ¿Se justifica de alguna manera la fiesta (cualquiera que sea) con tal de tener contento al pueblo?

En esta tierra de pobrezas, precariedades y conflictos colaterales, ya ni siquiera se puede disfrutar del adagio aquél de “al pueblo, pan y circo”, pues el pan escasea y sólo nos queda el circo… pero el circo, maroma y teatro que hacen los gobiernos por tratar de “entretener” a la gente, como si con estos espectáculos se mitigara el hambre, la sed, la falta de servicios médicos o de instituciones educativas.

Hay otros, por supuesto, que aseguran que estos festejos con concierto incluido son necesarísimos, y no precisamente porque vayan en la inercia que parecen seguir todos los gobiernos independientemente del color o las siglas que los abanderen. Simplemente, son fechas en que hay que hacer fiesta y sanseacabó. Nada habría que reprocharles a los gobernantes, porque no rompan la tradición de los festejos.

Pero me parece que el asunto no es ese, ni es tan simple. Efectivamente, nada tendría que reprochársele por ejemplo al DIF estatal, por hacer estos festejos y conciertos con artistas populares, ya sea para las madres o los abuelos o los estudiantes o los maestros o quien usted guste y mande, siempre y cuando procurasen al mismo tiempo, con el mismo (o más) ahínco, la solución de aquellos conflictos que, justamente ahora y con los recortes de recursos recientes, lamentablemente les ha “obligado” a recortar o incluso desaparecer programas de asistencia social.

En otras palabras, no está mal que hagan fiesta. Sí está mal que al parecer sólo eso hagan, sin encontrar remedio a lo demás, a los programas desaparecidos, a la falta de recursos, al abandono de los sectores vulnerables. Ahí sí, no se vale quedarse pasmado.


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