Enrique Laviada
Enrique Laviada

Ha recibido el pintor Rafael Coronel solemnes exequias, a las que acudieron familiares, amigos y admiradores de la obra de uno de los grandes maestros de la plástica mexicana, en su parte más genuina teniendo como escenario pletórico el Palacio de Bellas Artes, en la capital del país.

Pero siempre y de muchas formas su trabajo, el sentido estético que brotaba de sus pinceles, ha estado ligado a la misma inspiración que comparten los artistas nacidos en tierras Zacatecanas, en particular su gusto por el color que se vuelve casi místico con apenas contemplar el espléndido cielo de esta región.

Lo escribo sólo como un modesto homenaje a la impresión que me ha causado su manejo de las formas, los personajes, las esencias y circunstancias que siempre, por lo visto, le atrajeron, es decir, lo hago simplemente como un disfrute pictórico que, en su caso, suele viajar recurrentemente hacia el dramatismo de la imagen y su misteriosa relación con los rostros y las esencias populares.

Del mismo modo ha sido para mí sumamente desagradable que el ex Convento de San Francisco, que aloja al museo que lleva el nombre de Rafael Coronel, de proporciones arquitectónicas novohispanas, sea usado para desfiles de modas o como salón de fiestas y recepciones, lo mismo de turistas que para las frecuentes bodas, bautizos y tardeadas de la clase política y la burda sociedad acomodada de la capital zacatecana, muy desagradable.

Y, le confieso, que no pude dejar de sentir algo similar con las honras fúnebres preparadas por el gobierno del estado, tan mal dispuestas, en las que sobraba el fingimiento y hasta la oportunidad de sacar provecho para ofrecer una imagen que ya casi nadie aprecia ni mucho menos cree, en una muy ramplona muestra de oficialismo, ésa que acostumbra movilizar a los empleados de las dependencias, llevar escolares con banderitas y cerrar las calles al paso de una tristona y desvencijada burocracia.

A los organizadores de la ceremonia luctuosa, sólo les pudo venir en mente una especie de desfile o procesión pueblerina, con la banda del estado a la cabeza, recorriendo las empedradas calles de la capital, en una escenificación corta, deslucida por artificial, y poco sincera desde mi punto de vista, sobre todo al presenciar el continuo e inconsolable llanto de la esposa del gobernador, Cristina Rodríguez, quien no sé sí conoció tanto o fue tan cercana al pintor, pero así intentaba hacerlo ver, acongojada, toda vestida de negro, ante propios y extraños.

La comunidad artística participó, me parece, de mejor forma, expresando su aprecio y respeto por el maestro que dejaba la existencia física, pero quedaba, al decir de todos ellos, en la mente y los corazones de los creadores plásticos zacatecanos, en un consenso genuino y dotado de la sencillez que siempre se agradece en el trance de la muerte, será quizá porque  personalmente tengo rechazo a las pompas fúnebres, empezando por las más pretendidamente elegantes o fastuosas, por la razón de que el final nos hace ser lo mismo a todos.

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Acertijo

Lo que no es auténtico, se nota.


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