Alberto Chiu
Alberto Chiu

A riesgo de que me digan que me tardé en darme cuenta, la neta es que es un sentimiento –y percepción– que ha venido creciendo desde el día 1 de su gobierno: la actitud utópicamente optimista del presidente López Obrador me parece, además de descabellada, sumamente peligrosa. Me preocupa su optimismo, sí.

Muchas veces en la vida, uno se topa con personas que exudan optimismo al grado de la “empalaguez”, una confianza en sí mismos o en las circunstancias, que particularmente les da tranquilidad o paz ante las adversidades presentes o venideras, y personalmente luego me quedo extrañado y preguntándome de dónde proviene su optimismo. No siempre logro encontrar la respuesta a esta pregunta, y acabo justificándola ya sea en sus creencias religiosas, en una genuina postura positiva ante la vida, o algún otro pretexto.

Sin embargo, me preocupa que el presidente López Obrador nos dé muestras de su “optimismo” sin razones, y que particularmente lo exprese en contraposición –la gran mayoría de las veces– a realidades incluso de su propio gobierno, derivadas de sus propias decisiones, pero que luego él mismo parece verlas como de lejos. Como si él no hubiera tenido nada que ver en los errores causados, y luego se justificara dejando la culpa o la responsabilidad en otros… o en nadie.

Para el presidente, aparentemente todo está “re-bien”, aunque el mundo (obviamente un mundo corrupto y neoliberal) le diga o le grite que no es así. Hay quienes quisieran, de veras, documentar ampliamente el optimismo del presidente y convertirlo en realidades, pero no se puede. No con todas las cápsulas de realidad que le estallan en la cara, pero parece no darse cuenta o no querer darse cuenta, por más evidentes que sean.

Lo vimos en la mañanera donde el periodista Jorge Ramos le mencionó sus propias cifras de homicidios, y el presidente le respondió que él tenía “otras cifras”, mejores por supuesto. Lo vemos ahora con el asunto de la pretendida nueva refinería en Dos Bocas, donde su secretaria de Energía Rocío Nahle se resbala y Ricardo Monreal intenta corregirle la plana, pero el presidente ve que todo va viento en popa. Lo vemos cada vez que asegura que la delincuencia ha decrecido y es al revés. O cuando las cifras de crecimiento económico nos muestran un panorama adverso, y él dice que andamos a todo dar.

¿Pierde de vista la realidad el presidente? ¿Cree de veras que él –y sólo él– tiene la verdad absoluta? Sus datos, proyectos y proyecciones, los que él tiene en su cabeza, ¿son los únicos ciertos ante cualquier otro dato, proyecto o proyección que no sea suyo? ¿Y qué de plano entre sus colaboradores de primera línea, no hay quien se atreva a ponerle los pies en el piso y abrirle los ojos a la otra realidad?

Lo que más me preocupa, en todo caso, es que a muchos mexicanos ya se nos agotó la capacidad de asombro ante semejantes disparates, y ya no somos capaces ni del estupor ni del enojo suficientes para exigirle que detenga su tren un minuto, y escuche otras voces, antes de que el optimismo compruebe su utopía, y nos demos cuenta de que es irreal… demasiado tarde.


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