Alfonso Carlos del Real López
Alfonso Carlos del Real López

Crónicas chilangas. El ejercicio de las libertades

La señora manoteó y puedo decir que le soltó una combinación digna de Saúl El Canelo Álvarez al señor, seguida de un “¡pinche viejo, póngase con un hombre!”, y se bajó del Metrobús. Quise recapitular lo sucedido; por la rapidez, alcancé a distinguir un volado de izquierda seguido de un jab con esa misma mano, cerrando con un recto. Luego medio distinguí un cachetadón. Sí, eso sucedió. Y la señora descendió. El señor aludido, el “pinche viejo”, se quedó todavía a bordo de la unidad.

Yo me enfilaba a mi oficina en el Senado de la República después de mi proceso de entrega-recepción en el Servicio de Administración Tributaria que, por cierto, había sido muy largo. Nunca me había tocado un proceso así y, a pesar de que me dieron un buen trato y todo fue ameno, fue bastante prolongado, y entre el calor y el fastidio yo no iba en las mejores condiciones en el transporte público, a pesar de que iba acompañado de una colaboradora que suele ser muy simpática en sus comentarios y te saca una risa involuntaria.

Antes del clímax del zafarrancho, nos estábamos recorriendo sobre el pasillo de la unidad del Metrobús. La señora empezó a elevar su voz diciendo “déjeme pasar, señor”, a lo que el aludido, con un tono más bajo y medio socarrón, le respondía “pues pásele, señora”, y ella insistía “hágase a un lado, déjeme pasar, señor”, y él nuevamente respondía “pues pásele, señora, ¿a dónde me muevo?” y así, en ese diálogo, unas tres o cuatro veces más, y después ella, ya sulfurada, le dijo “le voy a decir a la policía”, y él, manteniendo el tono socarrón, pero ahora un poco más sobrado en actitud, le decía “dígale a quien quiera, señora”.

Ella, ni tarda ni perezosa, empezó a gritar “¡poli! ¡poli!” mientras que los demás pasajeros nos quedamos mudos, no sabiendo qué decir ni hacer, hasta que llegamos a la siguiente estación del Metrobús donde el conductor abrió las puertas y la oficial que estaba en ese lugar ascendió a la unidad para revisar lo de los gritos –supongo– y preguntó qué pasaba.

La mujer acusó al hombre y éste fue sujetado del brazo por la oficial de policía; él se negaba a bajar de la unidad, pero comenzaron a surgir agitaciones desde diferentes ángulos del Metrobús: “¡ya bájese, pinche viejo, llevamos prisa!” “¡Ya lléveselo, poliiiii!” “Avánzale, chofer, ¡ya vámonooooos!” y en pocos segundos, imagino que después de algo fuerte que le dijo la oficial, el tipo bajó del brazo con ella. Si no mal recuerdo, antes del enunciado que fue convincente para el receptor de los puñetazos, la oficial le dijo “vámonos y se sube en el próximo”, pero también quiero imaginar que, en definitiva, fue el susurro la clave del desistimiento del hombre a permanecer en ese camión.

Ese tipo de escenas pueden llegar a ser común en la Ciudad de México; esta urbe te enseña a que eres uno entre millones y puedes pasar desapercibido, pero también te enseña a “ver más bax” (sin afán de hacer alusión en sentido negativo al señorón Saco de Box que recibió la combinación de mayoría) o como se dice coloquialmente, te da barrio y te enseña a defenderte.

Sin embargo, eso no lo podemos dejar matizado como si la Ciudad te mostrara cómo reaccionar violentamente a algo; creo que lo que subyace es la competencia, la competitividad. En el ejemplo que les narro, si la señora se hubiera dejado del señor, es decir, si ella se hubiera quedado silenciosa porque el tipo no la dejaba pasar, su bajada se le hubiera pasado y seguramente hubiera tenido que batallar en el regreso o hubiera llegado tarde o se habría perdido o vaya Usted a saber qué otras posibilidades. Entonces, la Ciudad te muestra que no puedes o debes quedarte callado.

A lo que quiero llegar es que el ejemplo del Metrobús puede aplicar a muchas situaciones ordinarias donde, a final de cuentas, lo que se trata es que conozcamos y reconozcamos nuestros derechos y obligaciones y, en ese marco de conocimiento, entendamos que debemos vivir en un espectro social que implica reglas no escritas que no son más que respeto mutuo, tolerancia y consideración.

Ahí sí que, como diría Benito Juárez, el respeto al derecho ajeno es la paz. No sé si la señora provocó algo o el señor andaba de odiosito o gracioso. Lo que sí sé es que hubo un pequeño zafarrancho que se originó y desarrolló por la ausencia de esas tres cosas: no hubo respeto mutuo, no hubo tolerancia alguna y seguro no hubo consideración (puede entenderse como prudencia en alguna de las partes) y todo desembocó en un mal episodio que, en otros tiempos y condiciones, se convierten en agravios personales. Y, de fondo, el ejercicio de las libertades.


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