Alberto Chiu
Alberto Chiu

Este martes, por unanimidad, el Senado de la República aprobó una reforma que pretende elevar a rango constitucional la obligatoriedad de que haya paridad de género en los cargos públicos, en los tres niveles de gobierno (federal, estatal y municipal). Y lanzaron las campanas al vuelo y lo cacaraquearon como un gran triunfo de la democracia. No estoy de acuerdo.

Más aún, en la misma reforma aprobaron meter eso que llaman “lenguaje incluyente” y, en vez de decir “ciudadano”, ahora se tendrá que decir “ciudadanía”; en lugar de hablarse de “candidatos”, se tendrá que hablar de “candidaturas”; y así sucesivamente. Tampoco estoy de acuerdo, lo siento.

Me parece que la modificación de los términos usados, supuestamente para pretender ser más incluyentes, no es más que un sucedáneo, un placebo, en la utilización de una lengua como la nuestra que, riquísima como lo es, ya en la conjugación de la segunda persona del plural, aunque parezca sólo referirse a los “masculinos”, en realidad ya incluye a todos, hombres y mujeres. Ciudadanos y ciudadanas por igual. ¿O qué no somos iguales, pues? En cuanto a ello, simplemente me parece que se invirtió demasiado tiempo en una obviedad que, constitucionalmente, ya estaba contemplada, pero que no quisieron interpretar adecuadamente.

Vamos, pues, que la culpa no es del texto constitucional, sino de los atávicos y retrógradas que no quisieron entender que en ese texto ya estaba incorporada la equidad (no la paridad, conste).

Pero lo más triste, me parece a mí, es que pretenda calzarse, a la fuerza, que el 50 por ciento de las candidaturas tengan que ser para mujeres y otro 50 por ciento para hombres. Creo que no es así como se fortalece la igualdad de oportunidades para que cualquiera pueda aspirar a un cargo público, y sí en contrario se obliga a los partidos políticos (por ejemplo) a estructurar necesarias cuotas de género que no necesariamente garantizan ni la excelencia de los candidatos, ni la democracia, por supuesto.

Es más, en ese sentido yo incluso me inclino más por un sistema platónica y aristotélicamente aristócrata. Es decir, un sistema político que esté encabezado por gente (hombres o mujeres, es igual, o al menos debería serlo) verdaderamente preparada para la política, para el gobierno, para la administración pública, para el servicio al pueblo y todo lo que conlleva. El género no importa, pues igual hay hombres y mujeres de enorme valía entre nosotros, que curiosamente no llegan a esos puestos simplemente por los cochinos intereses de quienes regentean los partidos, y muchas veces por la supina ignorancia de quienes acceden a puestos públicos.

¿Sacrificar la capacidad, conocimientos y experiencia de muchos ciudadanos valiosos y valientes, sólo por no ser del sexo que tiene vacantes? Me parece una estupidez ramplona, ofrecida en el altar de los sacrificios a los falsos dioses de las “luchas de género” que, dicho sea de paso, en pleno siglo 21 ya deberíamos haber dejado atrás.

Que promuevan la equidad, y por supuesto, que exijan la profesionalidad y solvencia (técnica, ética, de gestión, etcétera) a quien pretende un cargo público, eso sí. Lo otro… sólo es tapar el sol con un dedo. Y luego, con una deda.


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