ENRIQUE LAVIADA | DIRECTOR DE NTR MEDIOS DE COMUNICACIÓN.
ENRIQUE LAVIADA | DIRECTOR DE NTR MEDIOS DE COMUNICACIÓN.

Hace un montón de años, C. Warren estableció el criterio de que la entrevista era un subgénero periodístico, algo así como una modalidad del reportaje. Éste sí todo un género, quizá el más importante si hablamos del periodismo de calidad, dentro del cual “una de sus manifestaciones de mayor aceptación popular” es la entrevista. De modo que los periódicos sensacionalistas, dijo, tienden a convertirlo todo en entrevista. En todo caso, el aspecto más positivo de tal modalidad del reportaje radica en que posee una apariencia de calor humano propio, una sensación de inmediatez que surge de las palabras de la persona entrevistada.

Según algunos viejos maestros del periodismo, como Martín Vivaldi, la entrevista tiene sentido en su instancia por los aspectos liberadores e incluso catárticos del personaje, más que sobre los hechos que le rodean. Es el punto en el que un ídolo, por ejemplo, cuenta sus cosas más íntimas, aspectos centrales de su vida, sus ideas desde luego, pero también sus posibles miedos o los fantasmas que quizá le atormentan, además de sus relaciones con otros personajes y el modo en el que todo se mezcla para dar lugar a una personalidad que es desvelada, poco a poco, con minucioso cuidado, mediante el uso de la pregunta como herramienta esencial del periodista, se entiende que al grado de disipar cualquier indicio de confidencialidad.

En alguno de sus cursos, José Luis Martínez Albertos afirmó que la entrevista debe realizarse con indiscreción e impudor, algo que normalmente se reprocha, tocando aspectos íntimos, familiares y propios de la vida o la trayectoria del entrevistado. De modo que, a través del periodismo, se establecen, dijo, vínculos o relaciones primarias entre la sociedad con personalidades general o comúnmente inaccesibles.

La verdaderas entrevistas –o sí se quiere las plenamente justificadas– son aquellas que en la enseñanza clásica del periodismo son entrevistas de personalidad; es decir, las que se concentran en averiguar los rasgos distintivos de una persona y no en sus declaraciones, hechos o acciones determinadas o realizadas en un determinado contexto.

Cuando se trata de una entrevista a algún personaje político, el asunto se hace poco más complicado, pues, generalmente, su vida o la intimidad o el origen de su pensamiento y su conducta, deben permanecer sellados, inaccesibles al público, tanto como sea posible, al grado de considerarse, quizá, secretos de Estado o simplemente confidenciales, de modo que el recurso periodístico se torna complejo e incluso peligroso para el entrevistador.

Es larga la relación de riesgos y peripecias o de plano tragedias que en el ambiente periodístico existen debido a la impertinencia de los entrevistadores y el filo de sus preguntas, cuando las relaciones entre el poder y la información cruzan líneas y se vuelven algo altamente explosivo, sea para el entrevistado o para el entrevistador.

Para M. A. Bastenier, distinguido profesor de la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid y también de la Escuela de Periodismo de El País, la entrevista, en efecto, puede clasificarse como un subgénero periodístico que se encuentra dentro del contenedor que llamamos reportaje, porque el reportaje a una persona es una visita a la realidad constituida por el contexto de vida del sujeto en cuestión, su formación, intereses y todo lo demás que pueda terciarse.

Bastenier insiste en que la entrevista es una pesquisa, porque no es un diálogo, sino “un educado interrogatorio que no debe parecerlo”, en el que debe lucir en entrevistado, no el entrevistador. Esto es, la entrevista como forma de lograr un definitivo realce de la respuesta mediante preguntas formuladas de manera inteligente, ni dialogo, ni mucho menos pugilato o la consabida inclinación por el debate o la suplantación en la que suelen caer no pocos periodistas, altamente cotizados, en nuestro país.

Debo aclarar que Bastenier no tiene, al final, inconveniente alguno en que se considere a la entrevista como un género periodístico per se, siempre y cuando quede a salvo el rigor que la formación periodística exige para documentar, fundamentar, pensar y formular las preguntas que permitan desentrañar los misterios de la vida y la personalidad del entrevistado.

A riesgo de que todo se vuelva insustancial y aburrido.

No puedo dejar estas líneas inconclusas, olvidando mencionar a Oriana Fallaci, tal vez una de las mejores entrevistadoras, quien siempre aborreció la llamada “entrevista a modos”, ya que sus preguntas siempre fueron brutales, pues buscaba desentrañar la verdad oculta en los personajes, sobre todo los del poder, un trabajo que asemejaba al de una cirugía, y las cirugías duelen, solía decir.

Fallaci partió siempre de la idea de que en una entrevista “lo que cuenta no son las preguntas, sino las respuestas, reseñándola en sus dos muy conocidas sentencias periodísticas: Si una persona tiene talento, se le puede preguntar la cosa más trivial del mundo: siempre responderá de modo brillante y profundo. Si una persona es mediocre, se le puede plantear la pregunta más inteligente del mundo: siempre responderá de manera mediocre”.

Así, cuando Oriana Fallaci se encontraba desahuciada por el cáncer de mama que le aquejó por años, resolvió responder positivamente a la petición de sus editores de entrevistarse a sí misma, y al preguntarle por las razones de su aceptación, respondió: “porque la muerte me acosa”. La entrevista de Oriana Fllaci a Oriana Fallaci apareció publicada como un suplemento especial del diario italiano Corriere de la Cera y sus 500 mil ejemplares se agotaron en pocas horas.

La entrevista como parte de los géneros periodísticos ofrece, en suma, la posibilidad de humanizar los hechos en una dimensión especial, en la oportunidad de alcanzar la proximidad de la existencia individual, en medio de un remolino de acontecimientos y hechos que son la materia esencial de trabajo del periodista; es decir, ofrece una especie de espacio de reflexión al que sólo puede acceder alguien que sabe preguntar lo que su entrevistado seguramente puede y debe responder, exactamente como le venga en gana, y dejando al descubierto de quien se trata.

Aterrizaje forzoso

Por todo ello es que se antoja tanto una entrevista al presidente Andrés Manuel López Obrador, quizá el personaje político más opaco y esquivo de la historia moderna de México, tal vez como una forma de encontrar las verdaderas respuestas a muchas preguntas que nunca se le han hecho y que muy probablemente no desea responder. Algo así como un intento periodístico de descifrar su contradictoria relación con la realidad.

A riesgo, digo, de que siga todo al compás de las llamadas conferencias mañaneras del Presidente y ateniéndonos a lo que se dice alrededor de ese extraño ejercicio de comunicación que terminaría, en el peor de los casos, por empequeñecer al periodismo y a los periodistas.

 


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