David H. López
David H. López

Con la euforia de las redes, en especial Facebook, hace ya casi 10 años, llegó un hábito que algunos incluso identifican como desorden mental.

Una madre de familia, con dos hijos de entre cuatro y 14 años, se afana con un ánimo reporteril para dar cuenta en redes –vía fotos, videos y otros contenidos multiplataforma– de todo lo que hace en su vida. Para ello sube un promedio de entre 10 y 15 publicaciones por día. En días ajetreados y con mucha actividad (clases de los niños, reuniones con amigas o parejas, nuevos compañeros de trabajo) el índice de publicaciones puede hasta duplicarse. Cada foto es una viñeta, un testimonio vivo de su “felicidad”; su personalidad queda plasmada en las reflexiones que le dejan sus vivencias y, por ello, rara vez olvida agradecer a la vida, a Dios, al Universo…

Por otra parte, su equivalente masculino se ancla en otros valores para caminar esos mismos lares. Si es un cuarentón en plena crisis de la edad madura, exhibe fotos con su nueva motocicleta, o en alguna eco-exploración a un paraje que requiere de alto rendimiento atlético. Sus amigos buscan su misma proyección y, por lo general, entre todos se exponen en similares situaciones. En cualquier situación son leales etiquetándose mutuamente.

Incluso un adulto mayor llega a los mismos niveles de sobreexposición con sus amigos de la generación, parientes y en especial sus nietos, a quienes también exhiben como el objeto de su adoración y proyección. Todos en su conjunto publican mucho, demasiado. He aquí al desorden social de nuestros días, vivimos los tiempos del oversharing.

El vocablo del inglés en su equivalente no es literal; en ese caso significa “demasiada información”, “me contaste algo que no necesitaba saber”. Por ello “sobreexposición” en español, nombra al problema, pero se queda corta al definirlo.

No es un fenómeno generalizado; depende de dónde viven quienes lo practican y depende –claro– de sus necesidades de proyección.

¿Qué necesidad de tanta exhibición? Expertos en psiquiatría hablan de que la proyección de cada persona es una ventana de necesidades, de situaciones no resueltas sobre todo en el pasado y vigentes en el presente. Como sea, no cometamos el pedante error de psicoanalizar a nuestros contactos, al menos no para manipularlos o arrogarnos ínfulas de iluminados; esas actitudes se nos revierten. Acaso hagámoslo para acercarles ayuda y no más.

Los límites del desorden los establece la responsabilidad. En todos lados existe la vulnerabilidad de nuestra identidad digital. Un ciberdelincuente con las habilidades necesarias puede tener acceso a la totalidad de nuestra vida, incluida nuestra intimidad: información personal, rutinas, lugares frecuentes, información bancaria, contactos, llamadas. De allí pueden venir episodios de robo, suplantación y chantaje.

En un país como México, la violencia puede escalar de ser sólo monetaria a ser física, y las redes sociales, revistas del corazón o publicaciones sociales como ¡Hola! o Caras pueden ser catálogos para secuestradores. Con eso en mente, muchos padres y madres de familia se moderan o al menos restringen el acceso de su información para no ser vista por cualquiera.

A lo anterior agregar que comienzan a generalizarse tendencias que protegen la privacidad del niño y se legisla para prohibir la violación de ese derecho por sus mismos padres.

Por eso ahora sabemos que, salvo casos en verdad extremos, este tipo de fenómenos son controlables. Es posible renunciar a la adicción de sobreexponerse.

¿Usted se sobreexpone? Tal vez el tema amerite que en la próxima reunión familiar o de amigos dejemos a un lado nuestros celulares y lo discutamos frontalmente.


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