ALFONSO CARLOS DEL REA L
ALFONSO CARLOS DEL REA L

Crónicas chilangas IX

El caos por doquier

 

Estaba viendo nuevamente Avengers: la era de Ultrón (2015) para recapitular un poquito toda la zaga antes de ver Avengers: Endgame, y hubo una línea de un diálogo entre Ultrón y Vision que juro por la virgencita que llamó mucho mi atención y es la base de esta colaboración.

“Vision (V) : Tienes miedo. Ultron (U): ¿De ti? (V) De morir. Eres el último. (U) El último debías ser tú. Stark [Tony, Iron Man] pidió a un salvador…y se conformó con un esclavo. (V) Creo que ambos lo decepcionamos. (U) [ríe] Supongo que sí. (V) Los humanos son raros. Creen que el orden y el caos son fuerzas opuestas, y tratan de controlar lo incontrolable. Pero hay gracia en sus fallas. Y fue lo que no viste. (U) Están condenados. (V) Sí. [se detiene] Pero algo no es bello porque dure. Es un privilegio unírmeles. (U) Eres terriblemente ingenuo. (V) Bueno… Es que apenas nací ayer.” Ahí finaliza el diálogo.

Quiero llamar su atención, estimado lector, sobre un punto en particular: le esencia del diálogo sobre el tema de caos y el orden, que nos puede dar pauta para considerar que siempre tendemos a generar una dicotomía ética y moral sobre las cosas: bueno/malo; orden/desorden; amor/odio; honestidad/corrupción, por poner algunos ejemplos.

Pues bien, déjeme decirle que vivir en la Ciudad de México da esa posibilidad de adentrarse más al mundo dicotómico orden/desorden. Y, sin embargo, las cosas funcionan, de cierta manera. Mire, déjeme ejemplificarle.

Empezaré por un tópico que ya he tratado en este mismo espacio en otras ocasiones: el transporte y el tráfico. La cantidad de vehículos que se supone que hay en la Zona Metropolitana del Valle de México puede oscilar en los 3.5 millones de vehículos, en una región donde la población se estima en poco más de 20 millones de personas y en tan limitado espacio geográfico (no deja de concentrarse la mayoría de las personas en el valle), es un cuete. Basta transitar en cualquier arteria, sobre todo en horas pico, para saber lo que significa lo que le digo. A eso, súmele el caos: la famosísima habilidad (aplicar la chilanga, le dicen) para tratar de meterse entre los coches a fuerza, rebasar por la derecha, seguir circulando a pesar de que se ponga el alto, de un carril de alta clavarse en el de baja o viceversa, dar vueltas en U donde están prohibidas, estacionarse en segunda y hasta en tercera fila (o en el Zócalo si acude a Palacio Nacional y más si es político), la mala condición de las calles, la increíble circulación de bicicleteros en calles grandes que complican la fluidez, entre otras gracias.

Otra muestra: el comercio ambulante o informal. Verá: la Ciudad de México es la única en el país en la que por lo menos a su servilleta le ha tocado ver tan exorbitante cantidad de puestos ambulantes en cualquier calle o avenida. En una misma cuadra, afuera de establecimientos digamos “reconocidos”, Usted encuentra con la mano en la cintura la variedad de comida que a mí me gusta: la garnacha gourmet con sabores callejeros a través de carnitas, birria, tortas de milanesa, tacos de suadero, tacos de guisados, caldos de gallina y otras delicias; además, entre puesto y puesto de comida podrá encontrar espacios de venta de revistas, lentes, cinturones, ropa de segunda, discos, películas pirata, jugos y licuados, accesorios para el celular, bolsas de mano para las damas, ¡en fin! Mil maravillas en la calle.

Sin embargo, he aquí lo complicado: hay una tremenda invasión de las banquetas, la suciedad en algunas calles es inverosímil, la cantidad de diablitos para la energía eléctrica nubla la vista hacia el cielo, las normas de salubridad no existen (confío en estar generando anticuerpos por la comida callejera), no hay formalidad en el comercio, los puestos son inamovibles, y bueno, aquello es tierra de nadie.

Sin embargo, quiero insistir en algo: no culpo ni a la gente que hace un esfuerzo por tener un trabajo digno y que todos los días religiosamente se presta a trabajar en esos espacios, ni al gobierno (en cualquier ámbito) por no tener una política clara respecto de esos fenómenos sociales y económicos. Creo que la culpa, si de eso se trata, es de todos y de nadie, pero sin duda, de cara al futuro, son los gobiernos los que tienen que actuar ante estas situaciones para que las cosas funcionen mejor en beneficio de todos.


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