*Miguel Moctezuma L.
*Miguel Moctezuma L.

Nuevas narrativas de la Migración Internacional

(Segunda parte)

El cambio de residencia habitual de una persona o de una familia entre dos países no es un simple desplazamiento de migrantes de un espacio social hacia otro; en realidad, como lo ilustra el nuevo retorno de Estados Unidos hacia México, se trata de transformaciones complejas que abarcan una combinación de factores, tales como: a) la magnitud del tiempo transcurrido en el extranjero, b) la edad que se tiene, c) el haber o no construido una familia en el destino, d) la primera nacionalidad o la adquisición de una segunda, e) la educación alcanzada, d) la lengua o lenguas que se domina, e) el éxito logrado en el extranjero o el estigma del fracaso, f) el hecho de retornar como deportado, el formar parte de un grupo étnico, y g) el poseer o no una vivienda propia que sirva de albergue en el lugar del retorno. Para aclararlo a través de un razonamiento breve: la persona que reside habitualmente en otro país, con el tiempo aprende y adopta nuevas formas de pensamiento y acción, esos cambios serán más significativos, aunque distintos, entre menos edad se tenga (Berger P. L. y Luckmann, T., ), de tal forma que si retorna al lugar de origen, encontrará el mismo espacio, pero transformado, en el cual muchas de sus relaciones habrán desaparecido o se habrán modificado radicalmente a tal al grado de hacerse irreconocibles. La reintegración resulta más difícil y conflictiva si el o la migrante formaron una familia en el país de destino y si ambos buscan cambiar de residencia habitual, pero, donde el o la cónyuge son de otra nacionalidad. Su complejidad aumenta gradualmente si se tiene descendencia y ésta se acerca a la edad de la adolescencia, más si se vive en casa de los abuelos en donde las diferencias de género y generacionales se tornan difíciles de manejar. Estos y otros cambios adquiridos conducen a que la integración y reintegración se conviertan en un proceso muy problematizado, para la familia, la comunidad, la escuela y las personas. Actualmente, éste es uno de los grandes problemas que requieren solución.

La integración de los hijos e hijas presentan mayores resistencias, pues éstos se han de integrar a una sociedad distinta a la suya, considerando que la adquisición de una primera socialización condiciona todo el curso de vida, más cuando se es adolescente o joven, pues es la etapa de “agitación y tormenta” (Hall, 1904) en la que el adolescente está obligado a adquirir la identidad y la valoración de las cuestiones éticas en la etapa de mayor coraje, esfuerzo y heroísmo de los seres humanos. Entonces, el cambio de residencia permanente de un país hacia otro requiere de interpretaciones e intervenciones distintas cuando se trata de un retorno de migrantes o cuando se refiere a menores, hijos de mexicanos. Esto es un doble desafío que a menudo debe enfrentarse en una misma familia de migrantes. Al ignorar esta diferencia simplemente se implementan programas desde el modelo del Estado nacional para adoptar la doble nacionalidad y lo que ello conlleva; por ejemplo, se deja del lado la necesidad de diseñar un programa de educación específica para estos menores binacionales, pues simplemente se considera que por ser mexicanos debe garantizárseles el derecho a la educación pública. Pensar las cosas así es un desacierto, pues conduce a la inoperancia de un sistema educativo que fue elaborado con un sentido “nacionalista” y monolingüe. Por el contrario, para atender la demanda educativa de los hijos de los migrantes, sobre todo cuando llegan por primera vez a países como México, lo que se requiere es repensar y reformular el modelo imperante de educación, recogiendo la especificidad de estos menores, cuya orientación ha de ser a la vez nacionalista, étnica y transnacionalista. Nacionalista por su contenido en el aprendizaje de la Historia de México, la Geografía del país, los símbolos patrios, el valor cultural de la familia y el Español; étnica cuando se pasa del Inglés al Mixteco sin pasar por el español, y, transnacionalista, porque debe incorporar lo nacional y lo étnico y al mismo tiempo trascender esta tradición incorporando la cultura del país de origen. Pero además, nadie ignora la ventaja que tiene para el futuro inmediato que los menores interactúen en su idioma nativo, pero esto se conseguirá únicamente si esos espacios de interacción se transforman en una estructura institucional permanente en la que sea posible contar con docentes de ambos países. Esto reclama de convenios de intervención específicos en ese nivel, pero también del reconocimiento de que estos menores son miembros de dos Estados nacionales y que los mismos tienen responsabilidades que eluden.

Por principio hay que reconocer que la integración de los menores o de los adolescentes que llegan de otro país no tiene por qué hacerse sobre la base de una sola cultura. Justo este nacionalismo fue el que desde los círculos conservadores de Estados Unidos dio origen a la llamada búsqueda de la asimilación de los recién llegados y de conservar la cultura de la sociedad estadounidense (Huntington, 2004), lo que en los hechos dificultó la integración, generando problemas de segregación y conflicto, primero entre agloamericanos vs. angloafricanos, y después entre angloamericanos vs. inmigrantes. Esto es básico para la intervención profesional a nivel de la familia, la comunidad y la escuela o para el diseño de políticas públicas. Lo extraño es que el nacionalismo metodológico lo mismo se aplica a los migrantes en los países de destino y en los países de origen cuando los migrantes retornan a su país de origen.


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