Alberto Chiu
Alberto Chiu

Las cifras reveladas ayer por el secretario de Obras Públicas del gobierno estatal, Jorge Luis Pedroza, evidencian una realidad que, aunque no es ninguna novedad para quienes vivimos en Zacatecas y nos percatamos de cómo se sobrevive aquí, sí nos dan una nueva oportunidad para reflexionar sobre nuestra terrible y aparentemente irremediable dependencia de la federación.

Lo hemos visto, en los últimos años, en la dependencia de los recursos extraordinarios que la federación nos enviaba para “solucionar”, al final de cada año, el déficit educativo arrastrado de tiempo atrás con miles de maestros. Dependencia de millones de pesos que, al entrar el nuevo Gobierno de México, escuchó su marcha fúnebre. Se acabó y se acabó. Ahora dependemos de gestionar (casi en grado de mendicidad) cada quincena lo necesario para seguir pagándoles a los profesores, sin que haya tampoco solución en la absorción federal de la nómina magisterial completa.

Lo vemos, también, como decía al principio, en la obra pública; si el 90 por ciento de la construcción de infraestructura (pública, social, para el desarrollo) era enviado por la federación, y debido a las nuevas reglas del gobierno central ya no se envía a la entidad, pues en automático se estaría decretando una paralización de este rubro que, a la vez, es generadora de mano de obra, de desarrollo y de riqueza. Y si ni siquiera se distribuyen los fondos (como el Fondo Minero), pues estamos fregados, porque localmente el nivel de inversión en obra es paupérrimo.

Y ni qué decir de nuestra dependencia en el posible crecimiento y desarrollo de los servicios de salud, o en otras áreas de la educación, o de la atracción de inversiones, o de la búsqueda de desarrollos sustentables en la producción agrícola y ganadera, que también dependen ahora de lo que desde allá, desde la federación, nos quieran enviar. Dependemos, y dependemos en casi todo.

Se entiende que Zacatecas, como entidad, no aporta prácticamente nada al Producto Interno Bruto nacional; se entiende que tenemos una población reducida, en un vasto territorio, y que la mitad de nuestros paisanos están en el vecino país del norte; se entiende que no tenemos la efervescencia industrial, ni de servicios, como en otros estados del país que, gracias a su elevada aportación al PIB, son también receptores de al menos un poco más de recursos federales. Se entiende todo eso, pero… y entonces ¿qué carajos hacer para salir de la bronca?

Al ciudadano común y corriente no le basta con la conmiseración y el lamento oficial de que “no nos han dado dinero desde la federación”; lo que quisiera escuchar ese mismo ciudadano es que ya hay políticas públicas tendientes a una solución alternativa, quizás localista pero eficaz, que promueva el desarrollo y la salud y la educación y la paz que nos urge.

De eso se trataría, precisamente, hacer un gobierno diferente, que dejase de estar compadeciéndose, y propusiera medidas y estrategias para salir del atolladero en que estamos. Difícil, no imposible.


Nuestros lectores comentan

  1. Se entiende que no tenemos la efervescencia industrial, ni de servicios, como en otros estados del país, pero si tenemos super plantillas de personal en las dependencias que si bien reconocen que no han recursos para realizar obras, si continúan las estructuras de organización como si las tuviéramos.