Óscar Novella Macías
Óscar Novella Macías

Si quieres construir un barco, no empieces por buscar madera,

cortar tablas o distribuir el trabajo.  Evoca primero en los hombres y mujeres

 el anhelo del mar libre y ancho

Antoine de Saint-Exupéry

 

Para comprender las elecciones presidenciales de 2018 es necesario entender que se trata de un proceso histórico que inició hace años, mismo que dio como resultado un proceso electoral paradigmático para la democracia mexicana.  El triunfo de Andrés Manuel López Obrador, así como una inmensa cantidad de los candidatos de Morena, se produjo por una serie de factores complejos e interconectados: la influencia de las redes sociales, la organización civil, el deterioro de las instituciones, el agotamiento del modelo económico de los regímenes pasados, la pérdida de credibilidad de los medios convencionales de comunicación, pero, sobre todo, el hartazgo de un sistema político autoritario y deshumanizado.

El apoyo que recibió el entonces candidato de la izquierda es un alud que concentró las convicciones de cambio de una enorme variedad de grupos sociales. Los años, cristalizaron alrededor de la figura de AMLO a miembros de los grupos económicamente más desfavorecidos, así como a una buena cantidad de personas con estudios superiores; de la misma forma, Morena, pudo cristalizar las demandas por una agenda política más progresista e incluyente; activistas, luchadores sociales, clase trabajadora, profesionales, comunidad artística, trabajadores del hogar, intelectuales y científicos, son algunos de los sectores demográficos que a los largo de los años comenzaron a dar forma a un proyecto alternativo de nación. En 2018 los mexicanos decidieron virar y abandonar el plan neoliberal con el que llevaban décadas saqueando el país.

Dando un rápido vistazo a la historia reciente de nuestra nación, podemos observar un constante, sin importar los intentos de callarlo, espíritu de lucha y protesta. La inconformidad civil fue expresa de múltiples maneras: Institucional, protesta pacífica, acción directa, desobediencia civil e incluso la guerrilla. Los gobiernos anteriores hicieron uso de su fuerza, tanto física como simbólica, para intentar eliminar todas las voces disidentes.  Las formas en que el poder fue ostentado en el pasado generaron escenarios de desigualdad, violencia y represión.

Sin importar la censura y/o la persecución, muchos valientes movimientos, integrados por invaluables hombres y mujeres, de forma lenta, pero sin pausa, fueron dando forma a una oposición en contra de los tecnócratas y conservadores que tenían secuestrado el país. La “polarización” que tanto mencionan los medios convencionales no son el resultado de un candidato, o de un presidente, es el síntoma de dos discursos que se han enfrentado durante décadas: El de los privilegiados en contra de los desfavorecidos. El ambiente de claro antagonismo discursivo es el resultado de años desigualdad.

El autoritarismo tiende a auto preservarse a cualquier costo, es por ello, que las oligarquías habían construido todo un aparato institucional (en complicidad con los medios y los grandes capitales) para conservar su poder. Haciendo uso de violencia, o simplemente impidiendo el acceso a espacios a la gente que estaba dispuesta a emprender un cambio para México. Esto puede sonar a una distocia de ciencia ficción, pero éste era el ecosistema político e ideológico de mexicano durante los 90 años.  La alternancia ocurrida durante el 2000 sólo fue una mascarada, que no hizo otra cosa que convertirse en un esfuerzo continuista de las políticas predadoras y salvajes iniciadas a finales de los 80.

En 2006, las elecciones estuvieron marcadas por la desconfianza. Un entonces IFE perdió parte importante de su credibilidad, sin mencionar, que los resultados de esas elecciones pusieron en al presidente que inició una guerra que le ha costado, y sigue costando, a los mexicanos decenas de miles de muertos y desaparecidos.  El 2012 estuvo marcado por el cerco mediático, era más que evidente que los grandes monopolios de comunicación tenían preferencias e intereses por un candidato en particular, al cual intentaban blanquear su imagen, darle mayor cobertura, así como acallar las denuncias en su contra. Era un proceso tan claramente tendencioso que para todos fue una sorpresa que lo estudiantes de la Ibero, en un evento proselitista de dicho candidato, lo increparan y cuestionaran, con el efecto de que el candidato terminará escondido en un baño.  Cientos de miles de jóvenes salieron a la calle a protestar contra un candidato escogido por las televisoras, pero el poder de los medios se impuso en ese momento. Ante todo, este descontento, ante este escenario orwelliano, sólo una cosa podía pasar, y pasó.

Con dos elecciones muy turbias a cuestas, y un manejo increíblemente poco democrático de los medios convencionales, el 2018 llegó con el fantasma del fraude, con el temor a que la voluntad del pueblo mexicana fuera manipulada o simplemente ignorada de nuevo. La elección del 1° de julio del 2018, una marejada de ciudadanos y ciudadanos salieron a proteger la decisión popular, misma que era clara y contundente: “Estamos hartos, queremos algo diferente”.   El proceso electoral del 2018 está lleno de complejidades y matices, es un evento que marca un antes y un después en el devenir político. Hablaremos a más profundidad de ello en la siguiente entrega de esta pequeña trilogía.

Los años, cristalizaron alrededor de la figura de AMLO a miembros de los grupos económicamente más desfavorecidos, así como a una buena cantidad de personas con estudios superiores

COLUMNA: Hora Cero

AUTOR: Óscar Novella Macías


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