RICARDO MONREAL ÁVILA
RICARDO MONREAL ÁVILA

El proceso legislativo para aprobar el nuevo acuerdo comercial de América del Norte (T–MEC) está en marcha en las tres naciones que lo suscriben: México, Canadá y Estados Unidos de América.

El Senado mexicano, facultado por la Constitución para aprobar los convenios internacionales, cumplirá en tiempo y forma su encomienda. Con ello, habrá de contribuir a dar certidumbre y solidez jurídica a la estabilidad económica, al intercambio comercial, al equilibrio financiero y a la salud fiscal de la nación.

El T–MEC, como todos lo sabemos, vivió momentos difíciles a lo largo de su negociación. Tuvo que superar el veto de facto que la administración Trump impuso al TLCAN, por considerarlo perjudicial y oneroso para la economía norteamericana. Esta objeción se hacía desde una perspectiva económica proteccionista, que cuestionaba el alto número de empleos generados fuera de EUA, y el déficit en la balanza comercial estadounidense, dejando de lado los evidentes beneficios, como precios más bajos al consumidor, alto desarrollo tecnológico, crecimiento económico y competitividad internacional.

El entorno proteccionista, sin embargo, no es privativo de los Estados Unidos. El Brexit en Gran Bretaña, el crecimiento de los movimientos antiUE en Francia, Alemania e Italia, así como la extensión de movimientos globalifóbicos en Asia y América Latina, colocaron en situación difícil las perspectivas de éxito del T-MEC.

Al final quedó un tratado que salva para México aspectos estratégicos de su economía, como el energético; induce la democratización de los sindicatos y centrales obreras; incorpora la economía digital, que en el TLCAN estuvo ausente; y da perspectiva de crecimiento económico al país.

Entre los aspectos restrictivos del T-MEC para México se encuentran el menor componente nacional en la industria automotriz y la prohibición expresa de firmar tratados comerciales con China y Rusia, por “carecer de una economía de libre mercado”. Es decir, la apuesta de diversificar el comercio internacional de nuestro país, para no hacerlo altamente dependiente del mercado norteamericano, deberá voltear hacia otras latitudes, como Europa, Asia, América del Sur o la India.

Pero la amenaza mayor al nuevo tratado proviene, paradójicamente, de seguir siendo utilizado como moneda de cambio para lograr fines ajenos a los netamente comerciales, como ventajas migratorias, dividendos electorales o predominio político y militar en otras regiones del planeta.

La amenaza de imponer aranceles de manera unilateral —colocando en entredicho al T-MEC— será utilizada las veces que sea necesario por la administración Trump para imponer sus criterios o para doblegar a sus contrapartes. Es un juego de pelota rudo que en política internacional se conoce como “play kitchen”, porque cocina factores e ingredientes que, entre sí y en condiciones normales, no deben ser mezclados (comercio y migración).

Pero no hay que espantarse. Son estrategias y estratagemas propias de la cocina internacional. Seguramente, en esta semana, con el mayor consenso posible, el Senado mexicano habrá cumplido su misión de darle al país un tratado comercial a la altura de los tiempos actuales. Sin bajar la guardia, habrá dejado atrás el ultimátum político de “coopelas o aranceles”.

Twitter y Facebook: @RicardoMonrealA


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