Enrique Laviada
Enrique Laviada

No fue muy complicado, la verdad, recordar la novela del buen Jorge Ibargüengoitia, que sirve de título a la columna, para sacarle un poco de provecho al escribir sobre la situación en la que se encuentra el otrora poderoso Partido Tricolor, atendiendo a su versión local, quizá más fértil aún en puntos de comparación, advierto que van en completo desorden y, estoy seguro, no son mera coincidencia.

La atmósfera provinciana: Fue hace unos años cuando sucedió el triunfo aplastante de la maquinaria electoral tricolor, la alegría invadía de nuevo las calles, eran carretadas de votos las que habían beneficiado al joven político, ese que tanto gustaba a las mujeres por buen mozo y conquistaba el alma de los sectores conservadores de la sociedad, por ser buen chico, católico, de buena familia y costumbres, la provincia estaba encantada con su nuevo exponente, tan parecido, por cierto, al que gobernaba en la capital del país, en un doble motivo para la felicidad para “el estado más priista del país”, como era declarado jubilosamente.

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La superada melancolía: Atrás quedaban los tiempos en los que prevalecía el estado anímico de tristeza, la vaga y trastocada condición en las que había quedado el Partido Tricolor, luego del tremendo trauma que uno de sus hijos predilectos le había causado, alterando su envidiable estabilidad, en una demostración local de cómo puede usarse la fuerza del oficialismo contra sí mismo, una rebelión convertida en desgracia que provocaría la peor caída de un aparato político acostumbrado a ganar (y arrebatar si fuese necesario), a lo que siguió el descrédito, acompañado de una desbandada, de la que sólo quedaron en pie unos cuantos cacicazgos, sin mayores pretensiones que las de sobrevivir, hasta que pasasen los malos tiempos.

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La infaltable ironía: En efecto, pasó la mala racha, mientras la izquierda se dividía y hacia todo lo posible por atragantarse con su acceso a la repartición del poder y la derecha se convertía, apenas instalada en la presidencia, en todo lo contrario de lo que había predicado durante más de medio siglo, creándose condiciones inmejorables para el regreso del viejo sistema régimen, ahora apoyado por una buena parte de los rebeldes del 98, grupos de la izquierda tradicional y algunos otros trepadores y campantes beneficiarios del oportunismo.

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La nostalgia por el futuro: Esa extraña condición de la política mexicana que hace de sus expresiones nacionales una especie de marea que arrastra a sus correspondencias regionales, tuvo como sorprendente resultado que, en la siguiente elección presidencial, todo cambió, pero al revés, en forma de repudio contagioso, un castigo divino y ejemplar a los corruptos, que permitió el regreso de los viejos al Palacio Nacional, la nueva sede del poder, casi absoluto, gracias a la participación de todos sus anteriores detractores, unidos con la aparente intención de restaurar un régimen hegemónico, en nombre del “pueblo bueno” y porque la Patria es Primero.

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La imperdonable anécdota: Hace unos días, el gobernador, en medio de la mayor incertidumbre, ha repartido entre sus mejores hombres, tres tricolores puros, la delicada misión de preparar la defensa de las ruinas que ven, quienes, hasta ahora, se muestran un tanto temerosos pero dispuestos.

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Acertijo

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