Enrique Laviada
Enrique Laviada

Si nos atenemos a las definiciones, la ofensa es una acción que consiste en presionar con sufrimiento a un país y que se produce ya sea en términos directos e inadmisibles de agresión y violencia, lo que niega la posibilidad de vivir en paz y la convivencia resulta anulada, fuente inagotable de los peores sentimientos humanos.

Durante siglos, los pensadores y filósofos de todas las procedencias y culturas en el mundo han tratado de descifrar a qué responde ese inherente impulso, lo que le hace a la especie humana sólo racional en apariencia, o sirve de antípoda a su propia existencia y reproducción; pareciese que esa negación fuese un monumento erigido en honor a la perdición, al extravío, en tanto esencia primordial del sujeto y su necesaria conjunción en sociedades, por tanto, sistemáticamente convulsionadas.

Las formas de la ofensa, en sentido llano, pueden proceder de argumentos étnicos, religiosos o mercantiles; empero, se trata en efecto, de formas o expresiones de la esencia que parece común a la especie, es decir, lo importante en las guerras griegas y romanas o las del vasto mundo asiático o mesoamericano de la antigüedad, no se encuentran en el malestar que ocultan, en la contrariedad de sus civilizaciones, en lo más profundo de su común humanidad. Sin embargo, todas estas expresiones de la ofensa fueron desiguales y localizadas, desde la antigüedad, hasta los episodios dispersos producidos por el colonialismo europeo en todo el orbe, siempre parciales y, al final, negociables, tal y como lo pueden documentar los estudios sobre la rivalidad militar entre Francia o Gran Bretaña a lo largo del siglo XVIII, y más tarde la guerra de Crimea. Los conflictos entre Prusia y Austria, o la guerra de Estados Unidos con México, la de Japón contra Rusia, y las tantas atrocidades bélicas de las naciones colonialistas perpetradas, en vastos territorios de todo el orbe.

De entonces hasta la actualidad son, pues, los mismos hombres quienes gustan de la ofensa, pero, según el notable historiador Eric Hobsbawm –Historia del siglo XX (2000)–, fue la primera Gran Guerra la que representó el incomprensible animo generalizado por la destrucción, de tal modo que el resto del siglo XX no puede concebirse, dice, disociado la forma perfecta de la ofensa, es decir, la guerra. Para quienes se habían hecho adultos hacia el verano de 1914, entender la palabra paz, implicaba un antes y un después de la declaración austriaca de guerra contra Serbia. A diferencia de las anteriores, en ésta participarían todas las grandes potencias de la época, en una fulgurante, rápida y demencial voluntad por acudir al llamado de las armas. Muy pronto los periódicos y las emisiones radiofónicas incorporaron a sus respectivas ediciones los términos de la conflagración, brotaban cada día los reportajes, las crónicas y las noticias en las que se hablaba de las trincheras, las posiciones y los movimientos de uno y otro bando, y en cada página aparecía el rostro de la muerte, pilas de cadáveres coronaban de manera espantosa y en profusus cada batalla, lo mismo en puertos, campos y alambradas, o como resultado de las incipientes pero letales aventuras de las fuerzas aéreas.

Debemos a John Dos Passos, en el terreno de la novela –Tres soldados (1921)–, su exploración de los mecanismos del miedo, la angustia, la desolación y la consecuente rebeldía hacia la deshumanización en las trincheras, personificada por tres reclutas estadunidenses que pelean, sin tener clara conciencia acerca de sus motivos, en territorio francés. El libro de Dos Passos da cuenta de una individualización de la desgracia provocada por la guerra. Es un relato acerca del destino terrible de tres hombres que tratan por todos los medios posibles de mantener la cordura y mantenerse vivos en un entorno de desbordada maldad, en el que el asesinato, convertido en patriotismo, sorprende a esos inmundos seres que se mueven sigilosos en medio del lodo, la podredumbre y la desesperación hacia ningún lugar o, en todo, caso hacia una muerte segura en infame.

Sin embargo, según Hobsbawm, a pesar de la enorme cantidad de muertes dejados por la primera Gran Guerra, la peor consecuencia, su principal tragedia, fue el hundimiento de los valores en instituciones de la civilización liberal, que habían estado fuera de duda, al menos en las porciones del mundo que se identificaban como “avanzadas” o que se encontraban en ese proceso. Esos valores implicaban, dice, en primer lugar, el rechazo de la dictadura y la marginación o anulación del ciudadano; esto es, se encontraban a la vista las formulaciones excluyentes que podían poner al poder absoluto de cualquiera de las partes o las naciones por encima de las demás, para mayor gloria de la destructividad humana.

Unos años después de la primera Gran Guerra, Sigmund Freud publicaría su famosa obra acerca del malestar en la cultura –El malestar en la cultura (1929)–, un largo ensayo que colocaría la inclinación humanamente inherente a la ofensa, en los planos del yo, y las victorias de la irracionalidad, sobre el ser humano carente de conciencia, que darían luz en una visión introspectiva, por demás perturbadora, sobre los impulsos humanos, la sexualidad y la agresividad; las pulsiones contradictorias de la lucha del Eros, en su dimensión vital, frente a Thánatos como impulso mortal, en este caso, colocado en su dimensión más brutal, es decir, bélica en el sentido estricto.

La primera Gran Guerra Mundial fue, también, la extraña oportunidad para la ciencia y la tecnología. La inagotable ansiedad del hombre por aniquilarse a sí mismo, serviría, paradójicamente, para mover las palancas del conocimiento aplicado: los avances en la química sirvieron para lanzar gases y sustancias que se esparcían en las trincheras enemigas, mientras la aeronáutica ponía en el aire frágiles aviones mono y biplanos, desde donde sus tripulantes lanzaban bombas al enemigo. Mientras en las trincheras se ensayaban cada vez más novedosas técnicas de la mecánica para perfeccionar las ametralladoras, en el mar la termodinámica cosechaba notables avances para mover a los buques y navíos de guerra; y fue entonces cuando la ciencia hizo posible la aparición de lo que sería, quizá, el principal invento de aquel tiempo: el submarino.

En un plano más íntimo, Ernest Hemingwey –Adiós a las armas (1929)– nos presenta otro ángulo de la primera Gran Guerra, tal vez impertinente, incluso salpicada de machismo y arrogancia. Se trata de una historia de amor entre un joven soldado y una enfermera, una contraposición del amor a la guerra, tan amarga y dulce a la vez, pues en medio del caos, la destrucción y la muerte, los amantes descubren y construyen un reducto para tenerse mutuamente, en arrebatos apasionados que confieren a la historia el sello personal del escritor, una narración, por cierto, en mucho autobiográfica, dado que Hemingwey fue uno de tantos reclutas, al final sobrevivientes, con historias distintas a cuestas.

A un siglo de distancia, el fantasma de la guerra recorre un mundo en el que prevalecen relaciones económicas globales, cuyo mapa de Estados nación se parece mucho al de antes de la primera Gran Guerra, bajo la sombra del autoritarismo y la exclusión que se cierne sobre las ruinas del liberalismo y coloca al ciudadano en calidad de algoritmo manipulable desde los impresionantes centros administrativos de la tecnología, y, donde persiste el mismo malestar de la cultura, aún, como un signo ominoso, tal vez tan arraigado, como para que Thánatos sea un personaje bipolar en algún videojuego en el que la humanidad ensaya su destrucción total, con formas inexplicables de violencia y ecocidio. En la era del dominio casi absoluto de las máquinas, que, como se sabe, son incapaces de salvar, por si solas, a sus creadores: esos infatigables humanos en busca de la más auténtica deshumanización posible. O, quizá, en espera de algún Dios, cualquiera que sea, al final de los tiempos, luego de que en su nombre, en el nombre de cualquiera de ellos, se hubiesen hecho tantas guerras, quizá, en la forma más cruel y mística de la gran ofensa.

 


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