Alberto Chiu
Alberto Chiu

Parece ya un asunto consuetudinario y, con tan mala suerte, que se va “normalizando” entre la sociedad: la incesante ola de ejecuciones, asesinatos, o como les llama formalmente la procuración de justicia, “homicidios dolosos”. Tan sólo este martes, contabilizamos otros 4 distribuidos en varios municipios, luego de un terrible fin de semana violento.

Esa aparente normalización de la violencia, es principalmente observada en las redes sociales, donde uno puede ir viendo la evolución en el tipo de mensajes y opiniones de los internautas, conforme pasa el tiempo, y sin importar la gravedad o la violencia con la que se cometen semejantes actos.

Hace algunos años, cuando se empezaban a difundir estas noticias y se viralizaban (válgaseme la expresión), eran muchos los comentarios en las redes sociales donde la gente se indignaba, se conmovía, expresaban su temor, su preocupación por tal o cual situación, llegaban incluso algunos a mostrar empatía por las víctimas, etcétera.

Hoy en cambio, no son pocos los comentarios que, vertidos sobre alguna publicación donde se describe un hecho violento (un asesinato, por ejemplo), llegan incluso a solidarizarse con quienes privaron de la vida a una persona, o hay otros que manifiestan su beneplácito de que lo hayan asesinado, o simplemente se muestran a favor de que continúe la ola de violencia, con expresiones al tenor de “¡qué bueno, que los maten a todos!”.

Una buena parte de la percepción actual sobre la violencia, coincide en que no hay manera de detenerla; que no hay corporación policiaca suficientemente robusta ni preparada ni con recursos, como para hacerle frente; y peor aún, que a pesar de que se logre detener a alguien (en un caso extrañísimo), no hay manera de que el sistema de justicia actúe eficiente y justamente, para sacarlo de las calles y meterlo a la cárcel por muchos años.

De modo pues que el problema no sólo es la percepción que tenga la sociedad, sino también el cómo la realidad va reforzando día con día esa misma percepción. De nada sirve, por ejemplo, que el alcalde de Guadalupe, Julio César Chávez Padilla, diga públicamente que está muy preocupado porque no se logra detener la ola de violencia en la llamada “zona de tolerancia” de ese municipio. Pero resulta peor cuando asevera que ni con la presencia de las Bases de Operación Mixta, que hacen rondines de cuando en cuando, se logra detener la comisión de delitos graves en ese polígono.

¿Qué clase de certeza le da a la ciudadanía el escuchar eso de su autoridad? Ninguna. Y en la ausencia de certezas, sobreviven los temores y, por supuesto, gana terreno la normalización. Al interiorizar la violencia, mucha gente va perdiendo la noción incluso del peligro, y por ello mismo se vuelven más expuestos a los riesgos.

No estaría mal, por tanto, que regresemos a “espantarnos” de estos hechos, a ver si así nos animamos a exigirle a la autoridad, con más ahínco, a que realice mejor su trabajo de velar por nuestra seguridad, y entonces sí, en los hechos, nos permita desarrollar nuestras vidas en paz. La violencia no es normal, no la normalicemos nosotros.


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