STAFF | NTRZACATECAS.COM
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Pensar en que el futuro del planeta recae en las decisiones que tomemos a lo largo de estos años me da escalofríos porque únicamente hay dos posibilidades: o salvamos el lugar que habitamos o lo dejamos perecer.

Abordar el progreso de nuestros próximos 30 años, que afectará el desarrollo de la humanidad, suena muy ambicioso.

Tengamos en mente este escenario situado a principios del milenio:

Un total de 193 países adoptan un documentos titulado Transformar Nuestro Mundo: La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. En ella se comprometen a ponerle fin a la pobreza; hambre cero; salud y bienestar; educación de calidad; igualdad de género; agua limpia y saneamiento; energía asequible y sostenible; trabajo decente y crecimiento económico; industria, innovación e infraestructura; reducción de las desigualdades; ciudades y comunidades sostenibles; producción y consumo responsable; acción por el clima; vida submarina; vida de ecosistemas terrestres; paz, justicia e instituciones sólidas; alianzas para lograr los objetivos. Estos son los 17 objetivos que se han desarrollado desde inicios del siglo.

Probablemente, al leer este tipo de títulos, lo primero que viene a nuestra mente es lo utópico que suena. Pero no dice el dicho que “quien quiere, puede”. Claro, si planteásemos el futuro de nuestro planeta en un dicho, la vida sería tan sencilla.

Al día de hoy, y pensando en el mañana, no será sencillo. Empero, sí es y será posible. La razón por la que opino que es factible realizar los objetivos que propone La Agenda, es debido a que el daño que causamos y seguimos provocando no podemos revertirlo, sí remediarlo.

Evitar el progreso de las afectaciones que impelíamos se podrá realizar por un efecto dominó en el que el primer paso lo den quienes gobiernan. Sin embargo, continuar el camino también depende de nosotros.

Pender únicamente de las personas que nos representan y esperar que los resultados se obtengan absolutamente de sus decisiones no es posible. Por supuesto, es totalmente necesario que ellos den el ejemplo, pero cuando nos referimos a que el camino depende de nosotros es porque no podremos mantenernos de pie si entre todos no aportamos nuestro granito de arena. El individualismo no es lo que nos va a salvar de las calamidades que tanto hemos ocasionado.

Asimismo, el efecto dominó tiene resonancia cuando ceñimos nuestro comportamiento y aportaciones al avance de los objetivos desde un criterio con mayor amplitud para los más jóvenes. De nada servirá que se repare y cuide al planeta si las transgresiones a las que estará sujeto no cesan.

 

Uno podría pensar que hablar de hoy y los próximos 11 años es innecesario por la lejanía que representa. Mas, cuando se habla acerca de las repercusiones que se sufrirán y éstas, al momento, no están tan latentes para muchos que son ligeramente perceptibles.

Sin embargo, las Naciones Unidas estiman que en las regiones en desarrollo 1 de cada 5 personas vive con menos de 1,25 dólares al día; actualmente, 66 millones de niños en edad escolar primaria asisten a clases con hambre en los países en desarrollo; a nivel mundial, 750 millones de mujeres y niñas se casarán antes de los 18 años y al menos 200 millones de mujeres y niñas en 30 países fueron sometidas a la mutilación genital femenina; cada día, alrededor de mil niños mueren a causa de enfermedades diarreicas asociadas a la falta de higiene.

Estar en nuestras trincheras y dispararnos los unos a los otros para ver quién se mantiene más tiempo de pie ya no puede ser nuestro plan. Abandonemos ese pensamiento arcaico y vivamos donde debemos estar, en el siglo XXI.

La realidad no miente, y es que nuestro crecimiento y forma de vida aumentan a una velocidad y magnitud que, al paso que vamos, no tendremos planeta dónde vivir.

No se trata de una frase para asustar a los lectores, no es un invento: es la verdad. No somos responsables de los hechos y atrocidades que cometieron generaciones pasadas. No obstante, sí somos responsables de los pasos que demos hoy para que las próximas generaciones gocen de los mismos privilegios que nosotros y espero que con los cambios por venir al año 2030 sea todavía un mundo mejor.

Hablo desde mi perspectiva de hermana, estudiante, servidora pública, sobre todo como ser humano, cuando digo con mucho optimismo que el futuro es claro porque somos muchos los que queremos cambiarlo y transformarlo, pero se necesitan más.

Esto ya no es un simulacro. Salvar el planeta depende de todos nosotros. No necesitamos experimentar el eco de los daños a flor de piel para empezar a actuar. Seamos racionales y comencemos desde hoy.

Tendremos un futuro o no lo tendremos y, querido lector, querida lectora, yo le pregunto: ¿está dispuesto a vivir las consecuencias de sus actos sabiendo que no hay marcha atrás?

 

Ana Paula Flores / Estudiante de Derecho, UNAM


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