Enrique Laviada
Enrique Laviada

Ha sido tan grande la expectativa abierta por la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia, luego de tres campañas y años de lucha en la oposición, como desalentador el primer año de su gobierno, un clásico claroscuro de la política nacional, con pocos argumentos en materia social y absurdamente peleado con la economía.

Si algo caracteriza al nuevo gobierno es la ausencia de un plan, una estrategia o cualquier cosa que se le parezca, y en su lugar no deja de sorprendernos con una colección de ocurrencias, decisiones caprichosas o, francamente malas y contradictorias.

El presidente ha decretado, por ejemplo, el fin del “modelo económico neoliberal”, sin embargo, absolutamente ninguna de sus decisiones, contrapone la economía mexicana fuera de las relaciones del capitalismo y el mercado en la era de la globalización, se trata sólo de un discurso, palabrería sin sustento, diríase entonces que sus decisiones son simplemente erráticas y fuera de toda lógica, pero en modo alguno transformadoras.

En la parte de los famosos “programas sociales”, los mismos que deberían destacar en su proyecto, a todo lo largo del año, nos ha quedado claro que empiezan y terminan justo en la repartición de dinero en efectivo entre jóvenes estudiantes, una novedad que ha requerido de cuantiosos recursos, pero de cuyos resultados es prematuro definir algo bueno.

Muy cuestionado es, en cambio, el recorte o la cancelación de inversiones públicas en materia de bienestar, salud y educación, que deberían formar parte de las prioridades para un gobierno de izquierda, lo que resulta suficiente como para poner en tela de duda esa clasificación, o sea, nomás bordeando el fiasco.

La parte democrática es todavía más contradictoria, pues mientras los seguidores más emocionados del presidente disfrutan sus desplantes en contra de los “conservadores”, las instituciones políticas parecen colocadas con vista al pasado, al presidencialismo omnímodo y la hegemonía total de un solo partido.

Por cierto, con la nada despreciable diferencia (es ironía) de que Morena no es precisamente un partido, sino un conglomerado de intereses, agrupados en desorden, de manera un tanto improvisada y que muy poco aportan al proyecto de gobierno o la transformación del país.

Una casualidad histórica hace que, además, sea prácticamente nulo el equilibrio entre el poder Ejecutivo frente a un Legislativo pintado de guinda, en la medida de una oposición que permanece paralizada, que no se repone del susto y por momentos parece casi inexistente.

De la política exterior mejor ni hablar (la peor ironía), ya que nos encontramos literalmente convertidos en rehenes, sujetos bajo amenaza a los intereses norteamericanos y los designios de Donald Trump, sin remedio aparente.

De acuerdo con los datos que no tiene el presidente (sobra decir que es ironía) la violencia se ha incrementado en el país, lo que sirve a los apologistas del nuevo (viejo) régimen para la autocomplacencia y la justificación a su incapacidad y destino, frente a la misma amenaza del narcotráfico y bandas delincuenciales cada vez más agresivas y poderosas.

Acerca de la ideología del presidente, no podemos concluir más que se trata de un cristianismo un tanto desparpajado, que aparece metido en una dudosa trama que combina los preceptos liberales decimonónicos, con el nacionalismo revolucionario del viejo Partido Revolucionario Institucional (PRI) y algunos otros cacharros populistas.

Supongo que lo dicho hasta aquí será del disgusto de los muchos seguidores del presidente y más aún de sus cercanos lambiscones; sin embargo, lo reitero confiando en que la crítica no sea condenada a la hoguera, ni puesta bajo condena a mano alzada por ser “conservadora”, pues, al contrario, aboga por el cambio verdadero, algo mucho mejor que la patética escenificación del año 1 de la 4T (nebulosa), hay esperanza.

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Acertijo

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