Enrique Laviada
Enrique Laviada

He tenido sobre mi mesa de trabajo un libro, con la magnífica edición de Tusquets, en el que se compilan algunos artículos, discursos y debates de Albert Camus en los ambientes libertarios que datan de entre 1948 y 1960, y por fin tengo la oportunidad de comentarlo. Algunos de sus textos fueron escritos apenas días antes de la muerte trágica y prematura del autor, filósofo, militante de la resistencia, pensador que se atreve a iluminar, a pesar de los costos, los que debe pagar por el atrevimiento intelectual en El hombre rebelde en una batalla que pareciera no tener fin, pero sí un principio: “la ironía de la vida y la fidelidad de los hombres han conseguido que este solemne aniversario –dice, en honor del Quijote de Cervantes- se encuentre colocado entre nosotros en el espíritu mismo del quijotismo…Es un acto de fe en aquel a quien Unamuno llamaba nuestro señor don Quijote, patrón de los perseguidos y los humillados…” y lo expresa Camus como espiritualidad íntima de esa España a la que tanto amaba y por la que tanto sufrió por la pena y por la guerra.

Es precisamente la estrecha relación de Camus con la dolorida España de la guerra civil, a la que observa como el preámbulo de la guerra total que más tarde devastaría al mundo, lo que le acerca a los intelectuales anarquistas. Sobre todo, me refiero a las agitadas redacciones de los periódicos y gacetillas que eran editados con valor y cuidado en ese tiempo; pero también con los obreros prensistas, los tipógrafos, linotipistas, correctores y reporteros que hacían posible su aparición en medio de ese turbulento tiempo.

Entre los más destacados ejemplos del periodismo libertario con el que Camus tuvo una relación cercana, tanto por que hubiese escrito en ellos como por que se publicaron en sus páginas algunos ensayos, reseñas y notas de sus obras, se encontraban La Révolution Prolétarienne, Défens de l’Homme, Liberté, Le Monde Libertaire, Temoins, entre otros que forman parte del libro bien editado por Lou Marin y traducido del francés al español por Nuria Viver, Escritos Libertarios de Albert Camus. Esas relaciones del entonces recientemente nombrado premio nobel con el mundo libertario tienen el valor escrito y recopilado para el efecto que sólo puede provenir de discursos, artículos, cartas, debates y observaciones intelectuales, que hasta antes de su edición permanecían desconocidas o dispersas en distintos archivos, y cuya publicación en un solo tomo debemos agradecer.

En su diálogo por el diálogo, Camus apuntaría con palabras escuetas su postura ante la guerra, quizá, el tema más espinoso en el momento en el que se encuentra ligado a la convulsionada España:

  • Le acusan de ser un soñador.
  • Se necesitan. Personalmente, yo aceptaría ese papel, no me gusta el oficio de asesino.

A lo que agrega algo que es de vital importancia para la civilización: los escritores siempre han estado del lado de la vida, contra la muerte. Y concluye preguntando: ¿dónde estaría la nobleza de este ridículo oficio si no estuviera hecho precisamente para defender incansablemente la causa de los seres y de la felicidad? Cuyas posibles respuestas, creo, siguen abiertas a más de medio siglo de distancia y destrucción.

En ese punto, la insistencia se vuelve conceptual, cuando inspirado en la historia de Calígula, quien, dice, se convierte en el prototipo del propio poder convertido en ridículo, Camus afirma que: “No se puede destruir todo sin destruirse uno mismo”, una frase que podría consensar todo el sentido negativo de la guerra mundial o la esencia misma del fascismo, en tanto ideología de la destrucción suprema, justificada con la mentira que se repite mil veces. Es en la revista parisina de corte pacifista donde Camus escribe: “El 19 de julio de 1936 empezó en España la Segunda Guerra Mundial”. Veinte años después, agrega en conmemoración del hecho, la guerra sigue, bajo cualquier pretexto, y muchos años después de la muerte de Camus, todo sigue el mismo curso, con la sorprendente similitud a la que puede llegar la estupidez humana: “No hay nada que temer, diría Camus, puesto que ahora, estamos alineados con lo peor”, y su “apuesta” por la paz parecería desvanecerse a cada momento y de manera cada vez más catastrófica.

Es en medio de la guerra, sin embrago, cuando se incuban los más profundos sentimientos y las más claras convicciones de la libertad en el destino humano. Me refiero al pensamiento anarquista, especialmente representado por P.J Proudhon, M.A. Bakunin y P. Kroportkin, tres autores cuyas obras e ideas serían materia de discusión entre Albert Camus y sus amigos libertarios, con quienes tendría encuentros y desencuentros, cercanía y profundas diferencias. Pero con los cuales también entrelazaría la convicción elemental de que “la tiranía no se justifica, ni siquiera por razones elevadas”, entre ellos Gastón Leval, Georges Fontenis y Maurice Joyeux, con una misma idea que les uniría; debajo de los bombardeos franquistas a la población civil,  apoyado por Hitler, unidos en un nuevo giro demencial de la conflagración bélica, cuyo ensayo funesto era asesinato masivo, en el que la guerra pasó de las trincheras a las ciudades y los pueblos, de los militares a las milicianos, aquellos que, justamente, resistían agrupados en la Federación Anarquista Ibérica (FAI) y formados en las legiones de proletarios de la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT) que combatían con las armas en la mano, contraponiendo lo que llamaban “violencia revolucionaria” a la ofensiva franquista, en defensa de la República. En tanto, Camus consolidaba, completamente perturbado, su pacifismo.

Cabe decir, por cierto, que la postura anti autoritaria tuvo en Camus no sólo el referente al franquismo, sino también al “enorme engaño” de las tiranías que imperaron en toda Europa del este, bajo el dominio del estalinismo primero y, más tarde, de la espesa burocracia soviética que le sucediera como lastimosa y deleznable herencia, y lo hizo con la misma pasión intelectual.

Por último, no es en modo alguno casual que los debates de Camus con los libertarios tuvieran como escenario las páginas del conmovido periodismo de la época, al que Camus dedicaría un especial interés en tanto “ingrediente esencial de la libertad”, a lo que no dudaría en agregar la reflexión de que si bien “no es la prensa (…) en sí misma un bien absoluto (…) El viejo periodista que soy yo sabe que la realidad es menos consoladora (…) La prensa libre puede, sin duda, pero evidentemente, sin la libertad, nunca será otra cosa que mala ser buena o mala (…) La censura y la opresión solamente aportan la prueba de que la palabra basta para hacer temblar al tirano (…) Con la libertad de la prensa, los pueblos no están seguros de ir hacia la justicia y la paz. Pero sin ella, estarán seguros de no ir”. Me parece que sin  lugar a dudas.

Dos últimas preguntas a Camus, antes de su muerte, en una entrevista aparecida en la revista libertaria Reconstruir y traducida al francés en Liberté, el primero de mayo de 1960:

Reconstruir: ¿Cómo ve el futuro de la humanidad? ¿Qué deberíamos hacer para conseguir un mundo menos oprimido por la necesidad y más libre?

Albert Camus: Dar, cuando se puede. Y no odiar, si se puede.


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