David H. López
David H. López

Un grupo de ciudadanos afines al colectivo LGBTII en estos días impulsan un exhorto al municipio de Monterrey para prohibir que se presten los espacios (incluidas plazas) de la capital de Nuevo León a ministros de culto y asociaciones religiosas para diseminar prédicas con ‘discurso de odio’.

Es muy preocupante caer en excesos represivos hacia ideas distintas. Se pretenden aplicar medidas que por lustros se combatieron cuando eran en contra. Ahora, en la contraofensiva al “discurso de odio”, se pretende vulnerar la libertad que tienen los grupos religiosos de expresarse públicamente.
En muchas esferas del pensamiento secular ha anidado el terrible contrasentido de que “la intolerancia sólo se permite contra los intolerantes”.
Cuando una comunidad (o sus simpatizantes) que por años fue perseguida se posiciona en una centralidad ideológica para convertirse en perseguidora es que como sociedad hemos avanzado muy poco.

En lo personal no comparto las expresiones –por ejemplo– donde ponen a Jesucristo y a los apóstoles como homosexuales o crucifijos con mujeres bañadas en sangre haciendo actos lésbicos, pero como partidario de libertades entiendo que su existencia es parte de la libre expresión artística que prevalece como regla de convivencia; el derecho del manifestante o artista descansa en la misma libertad de su contraparte para tener y expresar sus creencias.

Hace dos años en un programa de televisión un pastor peruano pisoteó una bandera gay. El episodio hizo hervir las redes y causó indignación en colectivos LGBTII. A muchos evangélicos nos pareció un acto desafortunado porque trató con la misma afrenta y exceso los ideales de esta comunidad como muchos artistas y activistas han tratado los nuestros. Como profesantes de la regla de oro, la moderación y el respeto debieron ser el modo, pero en justicia ese pastor y su manifestación tendrían el mismo derecho a expresarse y ser respetados.
Allí es donde en momentos se advierte una doble moral (doble estándar dicen en EEUU y el término parece más preciso) en la forma de juzgar el ejercicio de las libertades: cuando se afrenta a lo conservador, “es ejercicio de la libertad” o “expresiones de amor”, pero al hacer lo mismo con lo liberal, “es odio”.

Ésa es una trampa peligrosa. Para los ideales seculares de occidente y sus modelos (desde la ilustración pasando por el positivismo científico), la expresión religiosa es incluso aberrante y se combatió con más o menos moderación y en momentos con abierta agresividad (hubo artistas como el surrealista André Breton que profesaron un ateísmo cuasi religioso). En nuestros días, a quienes rechazan la perspectiva de género se les acosa con la misma animosidad; sin embargo, la manifestación incendiaria del pastor de marras fue algo que, aunque no guste a algunos, tiene derecho a expresarse.

Es preocupante ver cómo una secular inquisición (en contraposición a la “santa inquisición”) persigue todo lo no compatible con su ideología etiquetándolo de “discurso de odio”; muchos medios, bloggers, generadores de contenido en redes, y varios líderes de opinión juzgan con ese doble estándar que en momentos raya en la hipocresía.

Para acercarnos al otro hay que aceptar que en puntos extremos las posiciones son irreconciliables; etiquetar a un pastor como no se haría con un manifestante pro género, o pretender prohibir la libre expresión de colectivos religiosos basados en su convicción, habla de un doble estándar que no nos ayuda a vivir civilizadamente.

Como te digo una “co” te digo la “o”. En Monterrey hubo algunos evangélicos activos para la prohibición de un concierto de Marduk, una banda sueca de dark metal. Como correligionario no fui muy popular al decir que dicha censura los rebajó al mismo nivel de otras intolerancias.

 


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