Alberto Chiu
Alberto Chiu

A partir del pasado 31 de marzo de este año, en el marco de la conmemoración del Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar, el gobierno federal arrancó un programa piloto (de prueba) en manos de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (STPS) y el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) para incorporar y darle seguridad social a una meta de 2.3 millones de empleadas domésticas. Y conste que uso el término en femenino porque es más común, aunque también hay empleados domésticos hombres.

Para quienes sean inscritas ante el IMSS, serán una realidad los servicios de guardería, servicio médico, ahorro y la posibilidad de ir acumulando recursos para su pensión, en una medida que, como se dijo en ese momento, pretende “resarcir una deuda con un colectivo que a lo largo de la historia había sido invisibilizado”.

Es verdad hasta cierto punto, pues en mi experiencia personal he visto ejemplos de empleadas y empleados domésticos que, aun sin contar con una afiliación al IMSS, eran tratados como miembros de la familia y recibían la misma atención (de salud, de medicamentos, incluso de diversión) que aquellos. Pero hay muchos otros casos en los que, efectivamente, se trataba (o se trata) de “empleados” que rayan en la definición de “esclavos”.

En Zacatecas, según las cifras más recientes del propio IMSS, de abril a la fecha se han inscrito en el programa piloto apenas 24 personas que ya gozan de todos estos beneficios, además de tener establecidos, mediante contrato, los pagos de primas vacacionales, vacaciones, aguinaldo y horas extras, por ejemplo.

Pero resulta obvio que en todo el estado no hay nada más 24 trabajadoras(es) del hogar, sino muchos más. Miles más, que dependen de estos trabajos para sostener a sus familias, y que al no contar con seguridad social alguna, sufren al ver cómo cualquier enfermedad, por pequeña o menor que sea, acaba siendo un enorme gasto para ellos, y si a la familia o familias con las que trabajan no les importa esta situación, pues entonces tienen que “rascarse con sus propias uñas”, lo que en muchos casos les lleva a la desesperación… e incluso a la delincuencia.

Como sociedad debemos reconocerlo: muchas de estas personas son invisibles. Nos percatamos de su ausencia cuando algo no se hizo en casa: quedó ropa por lavar, habitaciones por asear, comida por preparar, etcétera. Pero mientras todo ello camina sobre ruedas, poco son reconocidas sus labores, y muchas veces ni siquiera son bien remuneradas.

Da gusto, por un lado, que haya esos 24 casos exitosos de registro ante el IMSS; pero da tristeza que no sean más los patrones que manifiesten haber tomado conciencia del valor de su trabajo en casa, y que les sea recompensado a través no sólo de un salario digno y suficiente, sino también en su inscripción al IMSS.

En esta época de vacaciones que ya se acerca, el trabajo de quienes hacen las labores del hogar como empleadas domésticas, muchas veces se multiplica al estar ahora las familias completas en casa. Ojalá pronto tomemos conciencia todos de la importancia de su trabajo, y haya más familias que les reconozcan con ese derecho que tienen ganado.


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