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Un día, no hace mucho tiempo, estimado amigo, llegó a mis manos un libro que llamó poderosamente mi atención, no solamente por los colores de las portadas y, digámoslo así, el calibre marca tabique de la publicación, sino por el título: Los gobernadores: caciques del pasado y del presente, coordinado por coordinado por Andrew Paxman, de la editorial Grijalbo (2018). Debo decirte que, por lo que he revisado, Paxman es un joven historiador con reconocimiento que actualmente labora en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), una institución educativa mexicana que tiene una división de historia muy fortalecida.

En la página 10, al comienzo del libro básicamente, Andrew Paxman lanza esto: “una de las razones por las que en años recientes la figura del gobernador [obviamente en el contexto mexicano de la actualidad] ha parecido tan autócrata, tan corrupta, y por ende, tan despreciada, es la existencia de una cultura política arraigada a nivel estatal, según la cual muchos gobernadores se consideran autorizados a ejercer un poder absoluto y a incurrir en abusos de derechos civiles, violencia represora, gasto excesivo, falta de transparencia, cooptación de la prensa, desvío de fondos, nepotismo, machismo desenfrenado, impunidad y falta de empatía frente a las necesidades y el sufrimiento del pueblo. Varios gobernadores –como se nota por las citas- incluso han hecho alarde de estas cualidades”.

Al párrafo anterior, estimado amigo, agrégale esto: la gente quiere un gobernante de carácter, que tome decisiones, que no comparta el poder, que dé la cara, que responda por su pueblo y que anteponga el interés colectivo sobre el particular con claridad y transparencia. Los gobernantes dignos, cultos, sensibles, autocríticos, humanos y modestos, equilibrados, fuertes, leales y honestos escasean desde hace muchos años.

Ya no se puede tapar el sol con un dedo.

 

México tiene un alto índice de percepción de corrupción en muchos sectores, particularmente en el ámbito de lo público, y uno de los espacios de mayor desconfianza está en la esfera estatal de gobierno. Vale la pena revisar diferentes ejercicios que dan cuenta de esto, como los que ha dado a conocer Transparencia Mexicana (TM) o el Instituto Mexicano de la Competitividad (IMCO); por ejemplo, en el 2010, TM dio a conocer que Zacatecas era el estado 7 en percepción de corrupción. El primer lugar (entendido como el estado menos corrupto) fue Baja California Sur, mientras que el último (entiéndase la entidad más corrupta) fue la Ciudad de México (Distrito Federal en aquél entonces). https://www.tm.org.mx/wp-content/uploads/2013/05/01-INCBG-2010-Informe-Ejecutivo1.pdf

 

Para muchos, la autonomía o soberanía que pueden ejercer las entidades federativas, principalmente a partir de los años noventa del siglo pasado, donde se flexibilizó el control ejercido por el Presidente de la República con los gobernadores (en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari fueron “removidos” gobernadores de San Luis Potosí, Guerrero, Morelos y Nuevo León, entre otros), trajo consigo la creación de una circunstancia  adecuada para que haya “poder absoluto”  de parte de los mandatarios en los estados del país. Pero a muchos les fue mal por creerse “virreyes”, parafraseando el concepto que da el título al libro de Ricardo Raphael, Mirreyes (2014). Si le das una hojeada al libro de Raphael, amigo mío, te darás cuenta de que el común denominador de la clase política posterior a los años noventa es la frivolidad. Ojo con eso.

Ya no hay margen para “excesos locales”, como se llama a las acciones realizadas por gobernadores que generaron un descontento de parte de sus gobernados que, sin duda, provocan un actual enojo social. Ahí, estimado amigo, radica lo que se entiende con “la poca preocupación por la justicia social y el cultivo de la impunidad”.

Gracias al ejemplo de Javier Duarte en Veracruz, hay quienes piensan, amigo, que de los gobernadores lo que encabrona es la risa: “Aquí se revela [de Javier Duarte como Gobernador] una característica clave de los caciques contemporáneos (aunque tiene antecedentes en personajes como Maximino [Ávila Camacho] y Santos [Gonzalo N.]: operan felizmente (ni siquiera se trata de cinismo en muchos casos, que implicaría un cálculo) por encima de las normas morales. Lo que piensan los demás les vale madre”(Gobernadores… pp. 23).

 

COLUMNA: EL POLÍTICO Y EL CIENTÍFICO

Cartas a David. Los gobiernos estatales contemporáneos

Alfonso Carlos Del Real López / Politólogo


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