Enrique Laviada
Enrique Laviada

Hasta donde me quedé, digo, existe una separación entre la Iglesia y el Estado, me refiero al régimen republicano, independientemente de las formas o los contenidos partidistas que en cada época se les pueda conferir, no por gusto, sino por obligación.

Es una gracia, pues, que cuando gobierna el PAN todo se pinte de azul y cuando lo hace el PRI de tricolor y cuando lo hace Morena se pinten de guinda camellones, calles, letreros, anuncios, logotipos, placas y demás insignias provenientes del poder establecido.

Pero lo que llama la atención, en estos tiempos, son los simbolismos religiosos, metidos en política por obra y gracia de algún espíritu recién llegado a las altas esferas.

No

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Y ahí tienen, estimados lectores, que el obispo de Zacatecas, Sigifredo Noriega, aprovechó la oportunidad para hacer lo que no debe hacer, pero está siempre dispuesto a hacer, es decir, cambiar el estado laico por cualquier cosa que su estado de ánimo prefiera o sus gracejadas justifiquen.

Lo que en su caso se justifica, por lo que seguramente se podría llamar labor pastoral, lo que indudablemente goza de las correspondientes libertades de expresión y opinión es, en resumidas cuentas, parte de la fe o la esperanza religiosa.

No obstante, el video nos transporta a épocas que pensábamos estaban rebasadas e incluso olvidadas, aquellas en las que los curas les decían a los feligreses qué es lo bueno y qué es lo malo, en dónde está la honestidad y en dónde está la corrupción, como si se tratara de un catecismo impuesto, a pie juntillas, por las circunstancias.

No

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Debo decir que conozco al obispo, no así al alcalde de Guadalupe, pero confieso que se trata de una ecuación defectuosa, por la aplicación de los intereses de uno y del otro, tan lejos, en el sentido restricto, y tan cerca en el sentido formal y utilitario.

Lo pongo en sus justos términos: o bien el señor Sigifredo quiso utilizar al tal Julio César, o fue al revés, y le pido a usted, estimado lector, que opine o juzgue al respecto, quizá en silencio, si así lo prefiere, o en voz alta, si es que este dilema lo merece, y que, por mi parte, juzgo es esencial.

En todo caso, lo que siempre sobra es la hipocresía, el doble rostro, las silentes complicidades y todo lo que estamos acostumbrados a soportar con tal de no conocer o aceptar la verdad.

No

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Al listado de valores o principios que don Sigifiredo ha hecho referencia, con todo y sus ironías (también puede), no debo agregar algo más, lo digo en serio, es neta; pero sí me preocupa el procedimiento.

No creo que el Obispo deba aceptar invitaciones subrepticias, hechas a trasmano, al prescribir para los efectos: “la prudencia que consideren”, es decir, mediante su capacidad de ocultamiento de una falta a la legalidad vigente.

O de otra forma, supongo, que en el futuro se estarían programando reuniones y conferencias y pláticas y cursos de parte de los curas hacia las autoridades establecidas, o sea, mejor nos vamos de regreso en los fundamentos de la República, o lo que usted guste y mande.

No

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Acertijo

Es el valor intrínseco de la negación


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