CLAUDIO MONTES DE OCA | NTRZACATECAS.COM
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Casi nunca hablo de mi preferencia sexual, hasta hace poco. Considero que eso no me define como persona, pues siempre he odiado las etiquetas.

En la reciente batalla entre conservadores y grupos que apoyan al LGBTTTIQA, robó mi atención la frase “la homosexualidad es un infierno”, usada para referirse a este mal llamado “estilo de vida”. Y digo MAL LLAMADO porque no es más que una preferencia. Sí, estoy de acuerdo con que ser gay es un infierno, uno completo y verdadero. Nunca usé juguetes “para niñas”, pero a corta edad supe que era “diferente” y lo confirmé en la adolescencia.

Mi familia es católica. La encabeza una madre conservadora de un rancho de Tlaltenango, Zacatecas, una señora que no me dejaba ni calentar mis tortillas porque para ella ésas eran “cosas de mujeres”, mientras a mí me daba coraje ver cómo mis hermanas debían servirme. Soy zacatecano como el nopal, pero me crie en Morelia, Michoacán. Los 90 no eran el mejor momento para la comunidad LGBT+, pese a que esa ciudad es un poco más abierta que otras.

Mi madre, adicta al voleibol, convivía con homosexuales; muchos eran afeminados, pero nunca los oí decir groserías ni los vi tener comportamientos “inapropiados”. No los vi besarse, tocarse ni siquiera con un cigarrillo o una cerveza, como sí a los jugadores de futbol. Aquellos homosexuales eran deportistas. Cada día llegaban puntuales, a las 6 de la tarde, y entre gritos y desmadre entrenaban, siempre tratando de ignorar bullas y rechiflas de otros hombres. Seguramente ellos vivían un infierno. Mi madre hasta se lavaba las manos cuando saludaba a alguno, que porque “había agarrado joto”, y fue así como empecé a vivir mi propio infierno.

A los 12 años pasé una etapa complicada. Mi descubrimiento sexual y mis sentimientos afloraron. La ansiedad me llevó con un psiquiatra, quien me diagnosticó depresión y trastorno del sueño: mi terror era irme a la cama y que entre sueños revelara mi secreto. Entonces mi mamá me odiaría, me diría que Dios me castigaría, o quizás hasta se lavaría cuando me tocara. En la secundaria tuve varias novias, hasta perdí la cuenta. Tenía que disimular. Engañaba a niñas haciéndoles creer que las quería. Mi infierno fue la culpa de verlas enamoradas y no correspondidas.

En el Centro de Salud Mental de Michoacán me asignaron una psicóloga, “alguien con quién platicar”. Mi infierno fue confesarle a esa mujer, de la Iglesia Bautista, que temía morir y ser castigado por Dios. La psicóloga, de la manera menos profesional, me contestó que efectivamente estaría condenado, que debía luchar por ser “un hombre normal”, y me obligó a “ejercicios” como dejar de vestir colores, jugar futbol… Imitar a los “varones” para actuar como ellos. Esto sólo me ayudó a ser más tosco, pero no cambió mi preferencia.

Era infeliz al faltarle el respeto a mis compañeras, porque “eso hacen los hombres”. Me entristecía el compañero amanerado, la víctima del bullying. Era un infierno saber que tenía mucho en común con él, pero que debía agredirlo para ser aceptado.

Poco le importó a mi madre correr de su casa al niño de 16 años que le confesó que le gustaban los hombres, en plena sesión con la psicóloga. No importó que fuera un estudiante destacado, sin reportes por mala conducta. No le importó nada. Sólo se levantó y gritó: “Ni creas que lo voy a aceptar. Me das vergüenza, asco. Eres un cínico, desvergonzado, cochino”.

Recuerdo muy bien esas palabras, que me llevaron al infierno, el tono y el orden en que las dijo. En ese momento decidí que ya no quería vivir. Mi padre tenía meses de haber muerto. Tomé su navaja de entre los recuerdos y me herí. Entonces sonó mi celular con This Love, de Maroon 5, éxito de 2004 que se extendió a 2005, cuando quise suicidarme. La llamada era de mi entonces pareja y salvó mi vida.

El infierno de ser homosexual fue pensar que yo era el culpable, como si hubiera elegido ser así. Decían que los “empujones traumáticos”, violaciones o abusos, provocaban esta preferencia. Tal vez por eso no entendía por qué yo, si nunca padecí algo como eso. Poco importó a mis hermanas que haya estado en los momentos difíciles, que escuchara sus problemas, que fuera blanco para que evitaran regaños. Sin más me dieron la espalda: una guardó silencio, mientras que la otra no podía ni verme por el odio que sentía hacia mí. Poco importó a mi familia que debiera trabajar como animador de fiestas infantiles para solventar mis gastos, pues no me apoyaron y me quitaron hasta el dinero para las consultas psicológicas. Paseaba por el Centro Histórico de Morelia, esperando que alguien me invitara el desayuno. Así de cruel era el infierno de estar solo.

En preparatoria me fue muy bien; estuve en una escuela en la que la diversidad no sólo era visible, sino también aceptada. Me rodee de buenos amigos y maestros que me ayudaron. Siempre me pregunto qué habría sido de mí sin esos amigos gays que me dieron la mano y que, además, me respetaron, pues aún era menor de edad. Qué habría sido de mí de no ser porque en tiempo una de mis hermanas se casó y, ante las inevitables visitas, mi madre decidió volver a hablarme para que nadie se diera cuenta de lo que pasaba.

Decidí que tenía que ser fuerte, que no era inferior a nadie. Entré a la universidad y elegí no ocultarme. Quien me aceptara tendría que ser a mí y no a un personaje ficticio. Mi sorpresa fue que sólo uno de mis 90 compañeros en periodismo me rechazó y me defendí con la frente en alto. A mi familia no le importó que, de entre más de 400 alumnos, me seleccionaran para el discurso de graduación. Tampoco les interesaron mis diplomas por teatro ni que fuera el tercero en aprovechamiento y el primero en titularse. Lo que les importaba era que mi pareja no me abrazara delante de todos para felicitarme.

Gracias a las redes sociales, una tía se enteró. Quizá fue mi falta de precaución, aunque creo que en el fondo buscaba que lo supieran. Esa mujer, a quien odié pero ahora le agradezco, se encargó de divulgarlo con mi familia paterna. Poco le importó a mi tío favorito dejar de hablarme, aun cuando en el funeral de mi padre prometió siempre estar conmigo.

Hui de Morelia. Debí alejarme de esa “familia perfecta”, que cada domingo estaba en misa con cara sonriente, que acepta el abandono de hijos extramaritales y agresiones de alcohólicos, que habría preferido que embarazara a una niña de 15 años antes que la homosexualidad. Vine a Zacatecas en busca de otra oportunidad para mí, sólo que en esta ocasión no fui valiente; no lo oculté, pero tampoco lo dije.

Vivir alejado me hizo ajeno a la realidad de mi familia materna, familias en las que las mujeres aguantan abusos y el hombre que más se alcoholice es el más valiente, en las que ellos llevan a sus novias a casa, pero ellas lo tienen prohibido. Una familia en la que prefieren a un hijo muerto que feliz a lado de otro hombre, en la que vivir es un infierno disfrazado de perfección.

Sí, la comunidad LGBT+ vive un infierno creado por la heteronormatividad, el machismo y el pendejismo de gente que nos exige cambiar en vez de educarse y respetar. Es el infierno que debemos apagar para que las nuevas generaciones no tengan que sufrirlo.

No le importa a nadie, pero soy LGBT+. Todos lo saben. También soy un ser humano. Busco la justicia, el amor. Me preocupo por los demás. Me gusta cantar, el teatro, el box y el béisbol. Amo a los animales (en especial los gatos). Soy profesionista, fotógrafo, deportista, fumador. Me preocupa el planeta tierra y también soy reportero. Pese a ese infierno sigo vivo, con la frente en alto y viviendo dignamente ¿De verdad soy tan diferente?

 


Nuestros lectores comentan

  1. Felicidades eres feliz y hombre de bien !!
    Tu preferencia sexual es eso, solo tuya. Abrazo de admiración 😉

  2. No eres diferente, eres un ser humano y según leo, una valiosa persona, con enorme capacidad de análisis y objetividad.

  3. Luz del Carmen Galvan

    Si eres diferente, pero en tu valentía y en tu bondad. Soy católica y se que eres mi hermano. Te respeto en toda tu dignidad de persona amada por Dios. Se que sufres hostilidad e incomprensión y lo siento en el alma. Eres tan libre como yo de ser y expresar tu corazón. Sigue viviendo desde la bondad a pesar de la incomprensión y la intolerancia. Tu vida es valiosa. Te abrazo con respeto.

  4. Que lastima que hayas pasado por todo eso, tengo hijos y lo.unico que deseo es su felicidad, soy de zacatecas y ojala las personas abran su mente y su corazon porque las preferencias sexuales de cada persona no le incumbe a nadie ni le afecta ni le va ni le viene. Suerte y levanta tu frente en alto porque no les haces mal a nadie, y eres capaz de amar y ser amado y eso es lo que en verdad importa.