GUILLERMO CHIU DE LA O | NTRZACATECAS.COM
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Dentro de su vastísima obra, compendiada en la edición de sus Obras Completas (FCE 1994), Octavio Paz dedicó dos volúmenes completos para incluir los escritos en los que habla del arte universal y del arte de México. En esas casi 900 páginas, hay dos breves textos dedicados a la obra de Pedro Coronel, el primero intitulado “Un nuevo pintor: Pedro Coronel”, publicado en 1954, y el segundo, escrito siete años después, “Presentación de Pedro Coronel”, que apareció en el catálogo que acompañaba una exposición de pintura y escultura del artista en la galería parisina Le Point Cardinal, en junio de 1961.

Considerando la diversidad y amplitud de temas que abordó durante su vida, no sorprende que Octavio Paz hablara de arte, dada la importancia que le atribuyó, tanto dentro de su prosa como de su obra poética. Sin embargo, lo que sí llama la atención es que quisiera hablar precisamente de Pedro Coronel, ya que en diferentes ocasiones manifestó su aversión hacia las corrientes abstractas (a pesar de que dedicó elogiosos ensayos a la obra de artistas como Picasso, Vicente Rojo, Duchamp o Kandisnky), e incluso hacia la crítica de las mismas: A medida que disminuye el poder expresivo de las obras, aumenta el frenesí especulativo de la crítica. Todo puede decirse frente a obras que no dicen nada. Pero “decir todo” equivale a “nada decir.[1]

Es posible que el acercamiento de Octavio Paz a la obra de Pedro Coronel fuese precisamente a que no la miró con la visión fría de la crítica, sino con la mirada propia del poeta, la cual le permitió descubrir –y descubrirnos–, elementos que escapan a una primera experiencia estética del contacto con la obra, elementos que son elaborados y reelaborados buscando un significado que se escapa.

Según Paz, esas significaciones “…no consisten en aquello que el artista quiere decir, sino en lo que la obra realmente dice. Las significaciones brotan tanto de la voluntad del artista como de la del espectador: ambas se entrecruzan en la obra.” Y continúa más delante: “La obra tiene vida propia, una vida que no es la del artista ni la del que la mira; por eso es distante y por eso puede ser contemplada indefinidamente por las sucesivas generaciones de los hombres. Los significados de la obra no se agotan en lo que significa para este o aquel. La obra se niega al consumo, pero se abre a la comprensión”.

Para mí, esa comprensión de la obra de arte a la que alude Octavio Paz ha sido siempre un misterio y una revelación. Dice Rilke que la verdadera patria del hombre es la infancia, porque es a ella a donde siempre acudimos en busca de la comprensión del que hoy somos, de nuestros gustos y aversiones, de nuestros deseos y nuestros miedos. Y uno de los recuerdos más vívidos que tengo de mi infancia, es precisamente la primera vez que vi algunas pinturas de Pedro Coronel, unos lienzos que me parecían enormes, de la serie Apóstoles, de la mano de mi padre, en el Museo Francisco Goitia.

Desde esa primera visita, además de la honda impresión de las figuras, los trazos y los colores, no sólo de la obra de Pedro Coronel, sino también de los otros artistas que ahí se exhibían, siempre me quedó la sensación de no entender algo, de que siempre existió algo escapó de mi comprensión, más allá del título de las obras mismas, y de las explicaciones del guía. ¿Eso era todo lo que esa obra decía?

Fueron los textos de Octavio Paz los que me ayudaron a entender que, independientemente de las intenciones del artista, su obra hablará siempre distinto a cada persona, y que, en realidad, nunca habrá un significado unívoco ni universal. Y que no es necesario, porque aunque ese significado cambiará y evolucionará junto con nosotros, la obra misma permanecerá, porque eso es lo que pretende: la duración. Como dice el mismo poeta: “Pasión, sensualidad, violencia, alegría solar y trágica, soberanía del rojo y el amarillo. Esa pasión también es melancolía, sentimiento agudo de soledad y, como una flor inesperada, la presencia delicada de la muerte… La pasión de Coronel es lúcida: se sabe mortal. Por eso quiere inmortalizarse, durar… No la inmortalidad del artista, sino la de su pasión”.

Esa fragilidad de la existencia humana, esa conciencia de finitud y al mismo tiempo el deseo de duración que Octavio Paz descubre en la obra de Coronel, la supo expresar en un breve y hermoso poema, donde lo dice todo:

 

Soy hombre: duro poco

y es enorme la noche.

Pero miro hacia arriba:

las estrellas escriben.

Sin entender comprendo:

también soy escritura

y en este mismo instante

alguien me deletrea.

 

Las referencias explícitas a citas de Octavio Paz están tomadas de los artículos “Un nuevo Pintor: Pedro Coronel” y “Presentación de Pedro Coronel”.


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