Enrique Laviada
Enrique Laviada

El vínculo existente entre la comunidad que sirve a la administración o la gestión de los asuntos públicos, genéricamente denominada como burocrática, y el territorio, pueden definir con suma facilidad el grado de dependencia de los individuos que la conforman, o para decirlo en términos contrarios: “la imposibilidad recurrente de su independencia” o sus valores de conciencia.

Hoy presentamos a nuestros lectores un estudio en el que nuestra entidad aparece en plano sobresaliente respecto de la ocupación o el empleo en áreas o dependencias del gobierno, lo cual quiere decir que la nómina que corresponde al servicio público sobrepasa los índices nacionales, al grado de colocarnos como ejemplo de sociedad burocrática.

Esto puede llegar a convertir su contención en un verdadero reto dentro de los planes asumidos por la administración pública, y eso es lo que explica que se apliquen diversas variantes de “reordenamiento estructural”, cuyo único fin es evitar la hipertrofia de las oficinas gubernamentales, muchas veces insatisfactorias.

Cuando el mayor empleador es el gobierno y se hace pronunciada la debilidad del sector privado, sobre todo en el caso de las zonas urbanas, los riesgos de la manipulación crecen en forma proporcional, lo que explica la existencia de los llamados “semáforos en rojo” de organizaciones independientes que, en calidad de “observatorios ciudadanos”, están dedicados a motivar los cambios necesarios.

El resultado de la desproporción de mucho gobierno y poca sociedad, exhibe no sólo las condiciones de atraso de una determinada región, sino que por otro lado marcaría las pautas y las guías a seguir para alcanzar una agenda encaminada a encontrar mejores vías para el desarrollo, el crecimiento económico y el bienestar social.

Sin embargo, es una constante que el freno a esos proyectos provenga de las propias cúpulas burocráticas, esto es, de los estratos superiores de la burocracia que no terminan de trazar círculos viciosos: a mayor burocratización de la comunidad, corresponden altos niveles de corrupción y el predominio de élites que buscan la “acumulación originaria de sus riquezas y capitales”, a costa del erario y una cultura parasitaria.

La expresión “comunidad burocrática” alude a una distorsión en el desarrollo, provocada por múltiples circunstancias, a la cual no resulta conveniente conformarse, en el entendido de que su superación depende de los actores privados, pero también del convencimiento en el ámbito público de la necesidad de una transformación radical de las cosas.

No me sorprende que quienes se encuentran actualmente al frente del gobierno estatal perciban el problema como una especie de fatalidad, ante la que no tienen otra respuesta que la rutina o una estrategia de “esfuerzo limitado” para evitar una burocratización desbordada y aligerar el peso de las nóminas y los pasivos laborales, tanto como sea posible.

Los funcionarios, mientras tanto, se declaran atentos (es ironía) y en espera de que “lleguen más empresas” y pueda revertirse la tendencia al estancamiento y la mediocridad que son distintivas de una “comunidad burocrática”, siempre entre buenas intenciones y cartas compromiso, ésas que sirven de ornamento publicitario, muy al estilo de las últimas administraciones.

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Acertijo

La necesidad de cambio es lo único que nos hace cambiar.


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