Edgar Alejandro Palacios Gaytán / Sostiene en Facebook la página Enfoque. Cineymas
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Después de no haber recibido respuesta de nuestra embajada, decidimos continuar nuestro camino, adentrándonos en las tierras que se decían de los tlaxcaltecas, siempre atentos y con las armas y caballería preparadas. Era inicio de septiembre cuando logramos adentrarnos en su territorio. De pronto, nuestra avanzada encontró algunos indios armados, quienes, al percatarse de nuestra presencia y nosotros de la de ellos, pronto mandaron llamar a cientos de guerreros más, que de inmediato comenzaron a atacarnos, logrando matar dos de nuestros caballos, quienes protagonizaron la primera embestida. Más tarde, se retiraron gracias a nuestra artillería y al paso del día.

Nosotros decidimos construir un campamento al que, momentos más tarde, llegaron mensajeros enviados por los tlaxcaltecas, junto a nuestros embajadores totonacas, aludiendo que quienes nos atacaron eran otomíes sin su permiso, pero que sus señores estaban felices de nuestra llegada y nos daba la bienvenida.

Al día siguiente continuamos la marcha, siempre en guardia. Fuimos nuevamente atacados por otro contingente indígena otomí, del cual logramos abrirnos paso al grito de nuestro capitán Cortés “Santiago y a ellos”, con las descargas de nuestra artillería, logrando avanzar con la caballería, retirándose los indios de la lucha a la caída de la noche.

Allí mismo, instalamos un campamento en lo alto de un cerro llamado Tzompantzinco, donde estuvimos varios días sitiados, luchando cada amanecer contra los ataques constantes de los indios. Sin embargo, para nuestro asombro, cada día, los tlaxcaltecas nos mandaban tortillas, guajolotes y tamales para alimentarnos. Al parecer querían hacernos saber que, si nos ganaban la batalla, no era por falta de comida ni agotamiento.

Ante esta situación, y aunque acabamos con tres de sus capitanes, muchos de los nuestros comenzaron a desmoralizarse por la muerte de algunos compañeros y creyeron imposible poder vencer a los tlaxcaltecas y sus aliados otomíes y cediendo a la opción de mejor regresar a Veracruz por no saber de sus compañeros que se quedaron allí; sin embargos nuestro Capitán supo cómo acallar sus flaquezas.

Así pasamos poco más de una semana en este clima de guerras, en el que nuestro capitán mandaba algunas embajadas para pactar la paz, negociaciones que fueron rechazadas en este inicio.

 


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