Enrique Laviada
Enrique Laviada

Es lo que mejor practican nuestros diputados locales. Se trata de su capacidad individual o de grupo para guardar silencio de manera voluntaria, o por alguna clase de imposición, en distintos momentos, generalmente en los que mayor importancia podrían tener para nuestro sufrido estado.

Muy lejos de lo que exige la vocación parlamentaria, los dilectos legisladores de por estos rumbos disfrutan de una especie de licencia, concedida por ellos mismos, para eludir los debates de trascendencia.

Ofrezco a los gentiles lectores, como botón de muestra, el dictamen aprobado apenas ayer, en el que se consignan irregularidades en los ejercicios presupuestales del actual gobierno, por un montón de millones de pesos, sin que hubiese existido reflexión alguna al respecto.

En verdad, sólo decidieron que se investigue, sin argumentar, aclarar, ponderar, examinar, discernir (la ironía se cuenta sola) los pormenores de tales anomalías o irregularidades presuntamente cometidas por funcionarios de la actual administración.

Hablamos de la integración de un número considerable de expedientes (así se le dice en el argot burocrático a la muy probable sospecha de que algo anda mal y alguien abusó de su cargo) entre cuyos casos más destacados (por el daño al erario) se encuentran la Secretaría de Administración y la de Economía, que deberían estar dedicadas a promover el desarrollo de la entidad.

Parecería sumamente vergonzoso que el más cuantioso daño patrimonial (que se investiga) haya sido perpetrado por una dependencia como la Secretaría cuya misión consiste, según sus propios documentos oficiales, en administrar los recursos humanos del Gobierno del Estado y proporcionar los recursos materiales y los servicios que son indispensables en la cosa pública. Dicen, con una alta responsabilidad, dicen, pero no es tan cierto, por lo que deja ver el dictamen aprobado.

Y qué decir de la dependencia encargada de promover el desarrollo económico y la creación de oportunidades productivas, señalada no sólo por sus tristes resultados a lo largo de estos tres años, sino por los presuntos malos manejos que por lo visto son más reales que sus discursos y malabares publicitarios.

Por eso precisamente resulta una vergüenza complementaria el mutismo de los diputados, al sentirse obligados, exclusivamente, a votar por unanimidad que se investigue, quizá seguros, todos, de que las consecuencias no serán mayores y, por tanto, no vale la pena arriesgarse con el uso de la palabra.

En un sentido práctico, nuestros queridos diputados actúan guiados por una ideología, si acudimos a la conocida frase que se utiliza para definirla en su acepción vulgar: “ellos no saben que lo hacen, pero lo hacen”, en su caso, sin importar en qué dirección o cuál será su resultado, para beneficio de la mediocridad circundante.

Así es como se trazan las decisiones tomadas con todos los votos a favor y ninguno en contra, con independencia de cualquier inútil razonamiento (es ironía), cuando de lo que se trata es de “dar trámite” a cualquier asunto con la notable eficiencia (otra ironía) de quienes llegaron al cargo sin temer ni entender los nuevos tiempos y sin necesidad de hacerlo, ni antes ni mucho menos ahora, para lo que el mutismo resulta de gran utilidad.

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Acertijo

Y por eso cobran


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