ENRIQUE LAVIADA | DIRECTOR NTR MEDIOS DE COMUNICACIÓN
ENRIQUE LAVIADA | DIRECTOR NTR MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Las corridas de toros, diría el clásico, compiten en fasto y popularidad con cualquier otra celebración. Eso fue para mí, desde muy niño, una verdad absoluta. Hasta que la fiesta decayó. Unos dicen que por la culpa de otros, y viceversa. Pero decayó, y ahí está la primera cosa que no sé sobre toros y toreros, y en verdad que no lo sé. Tampoco sé por qué fue que pasó, ni a quién culpar.

Lo que sí puedo decir es que de mi padre escuché algo así como una sentencia, en el sentido de que no tardarían en vaciarse las plazas debido a que la televisión trasmitiría íntegro el festejo, magníficamente narrado por Paco Malgesto y Pepe Alameda, y con acercamientos y tomas que el ojo humano jamás lograría, lo que al menos en mi casa sucedió. Nos despedimos un domingo de la Plaza de Cuatro Caminos: un enorme coloso de concreto, rodeado de las más bellas esculturas taurinas, para continuar la tradición sentados en la sala familiar. Eran tardes domingueras de toros, a decir verdad, incomparables.

Mientras duraron los festejos taurinos televisivos junto a mis padres, entendí que de toros y toreros es mucho lo que uno puede ignorar, de modo que resultaba preferible disfrutar la fiesta que pretender entenderla hasta en sus últimos secretos. Desde entonces detesto a los sabios que se distribuyen en los tendidos de las plazas para lucir su pedantería, y dar lata todo el tiempo peleando por los estilos y los pases, y las picas, y los tercios, y las habilidades del torero con el capote o la muleta, convirtiéndose en una auténtica monserga para quienes simplemente quisieran vivir el festejo, en lugar de presentar urgentes doctorados en la materia.

Comprendo que, en el otro lado de la clasificación, quedaba una multitud conformada por los llamados villamelones, que poco o nada sabíamos de tauromaquia, pero ni modo, qué hacer: la disfrutábamos por derecho propio del boletaje y su correspondiente pago, y por la simple y sencilla razón de que, en la monumental Plaza México, por ejemplo, caben más de cuarenta mil personas, que en su mayoría podíamos dejar constancia de todo lo que no sabemos acerca de toros y toreros.

En serio no sé de dónde sacan valor los toreros para hacer lo que hacen. Frecuentemente me parece hasta absurdo, inexplicable, esa soledad del “héroe torero” que se enfrenta en los medios del ruedo a la bestia que bufa y embiste. El temple del hombre, enfundado en un traje de luces, la magia y la casta siempre me han parecido un tanto confundidos con el espectáculo y la estupidez. Ni el toro merece morir, ni el torero. Pero ambos buscan matarse. Y sin remedio ni excusa posible, la responsabilidad de cargar con la parte obscura y trágica es del hombre. Para entonces, justo al momento de blandir su espada, frente a un animal desfallecido, se ampara en la fe de sus abuelos y mata con todo el coraje irracional del cual es capaz, hasta la empuñadura, mientras espera la reacción jubilosa de los espectadores.

Hace algún tiempo entrevisté a un niño torero, para ese entonces tendría si no mal recuerdo unos 12 años, y como de cajón, le pregunté si sentía miedo frente al toro. Para mi sorpresa, no pensó un instante la respuesta y me dijo sin la menor sombra de duda: “Miedo, lo que se dice miedo, le tengo a las arañas”. Desde chiquito, acotó. Por eso y por otras cosas más sigo sin entender los misterios de esa fiesta de sangre y arena, la de Blasco Ibáñez, aquel ilustre liberal, republicano y taurino, entre recuerdos y brumas. Un poco avergonzado, conmovido por el terrible final, siempre enmudecido y pidiendo silencio, aún frente a la pantalla del televisor, llegada la hora de la suerte final. Ya sin saber más nada.

LOS COLORES DE LA BRAVURA – CARLOS ALBERTO SÁNCHEZ


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