KAREN SALAZAR | NTR MEDIOS DE COMUNICACIÓN
KAREN SALAZAR | NTR MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Dice Rylke que la infancia es la verdadera patria del hombre: crecí entre el peculiar olor de la tierra roja y el aroma a la leña quemada, las manos agrietadas me enseñaron el amor por la vida de los animales que crecían a la par de mis tiempos. Mi abuelo, gentil y de gran corazón, me mostró el decisivo momento de un alumbramiento y el del festejo de la muerte en los momentos importantes para la familia: yo aprehendí muy bien lo primero y lo aclamé, pero aborrecí lo segundo, fui capaz de acompañar y entender la muerte natural, no la causada. Fui la niña abrazada al cuello de un carnero degollado en medio de una fiesta familiar.

Hablar de tauromaquia en pleno siglo XXI me parece contradictorio, debatir sobre una tradición impuesta por los españoles en la víspera de la conmemoración de la Independencia de México me parece sumamente irónico. En la ironía está uno de los elementos clave: desmitificar un elemento, descomponer un sistema establecido.

Sin embargo, sé que sobran los argumentos para mitificar y ensalzar la “fiesta de los toros”: tratados, cine, literatura y el arte en general han sido testigos del paso de esta tradición, han validado la tauromaquia como en su momento se hizo con la Tierra como el centro del sistema planetario, a tal grado defendido que se asesinó a quien fuera capaz de hacer un artefacto para demostrar que y sin embargo se mueve.

Es decir, sé que una de las características de la humanidad es buscar la permanencia, el confort de lo ya conocido, siempre es más cómodo decir “porque es así” que sentir que algo está mal donde la mayoría ve una diversión inocente; la incertidumbre y el cambio generan miedo, aferrarse a lo establecido también es una forma de adaptación.

A pesar de todo esto, y pese a todas las características despectivas que pueden decir de las nuevas generaciones, sobresalen algunas cuestiones: los jóvenes de hoy tenemos entre los dedos sólo ruinas económicas y ambientales, ya no tenemos en nuestros hombros el temor de reconocerse mínimo, no poseemos la necesidad de sentir la supremacía como especie ni reafirmar el poder de la superioridad.

Habrá reticencia, por supuesto, de negar el dolor ajeno y existirán quienes darán como argumentos para la permanencia de esta tradición propia la existencia de los toros bravos y de una economía basada en estas actividades; sin embargo, en contraparte sabemos que otras especies han perecido por la caza furtiva o por el simple paso voraz de la selección natural.

Entonces, y he aquí cuando suenan los tambores antes del sacrificio ritual: gladiadores, niños con cabello rizado degollados por el bien de las siembras, hecatombes para Zeus, Cristo crucificado. Disfrazado de bien común y diversión (porque al pueblo pan y circo), se encuentra como punto clave el egoísmo, es la falta de empatía la verdadera enfermedad de todos los tiempos y la lucha constante de la defensa de los rituales: ya obsoletos los sacrificios a Zeus, ¿cuándo reinará realmente el sentido común? (He aquí de nuevo el miedo a no ser superior.)

Chantal Maillard explica la relación del yo y los otros, sólo al que vemos a la par de nosotros mismos es digno de compasión: los indios de las tierras nuevas no tenían alma y, por tanto, no eran agentes de compasión, no eran semejantes. El agravio sólo causa indignación cuando vemos en la víctima el reflejo de nuestro propio rostro ensangrentado y la posibilidad de que seamos nosotros quienes estemos en el ruedo.

La mutilación genital femenina es una tradición arraigada que definitivamente debe desaparecer; la tortura en cualquiera de sus variantes debe dejar de festejarse, ritual o no. El desaprender es el mejor aprendizaje que tenemos hoy, dejar ir, soltar el arraigo.

Dice Rylke que la infancia es la verdadera patria del hombre: en mi infancia aprendí a amar el olor de tabaco y la sensación que dejaba el pelaje de un caballo entre mis dedos; supe apreciar el silencio y el agradecimiento que no se escucha. Principalmente, en mi niñez, aprendí que sólo basta no hacer con nadie lo que no quisiera que se hiciera conmigo.

 

 

 


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