David H. López
David H. López

Soy profesor universitario y recientemente al tocar temas relacionados con el sistema político mexicano y su transformación actual, unos alumnos me cuestionaron sobre el “fraude de 2006 contra el presidente (refiriéndose a AMLO)”.

–En su momento hubo una proporción importante de la población que asumió el fraude como real– les dije.

–Es que vemos en varios espacios de discusión que no se ponen de acuerdo, sus puntos de vista son extremos, pero no se meten a debatirlo. Sólo lo tocan como una vaga referencia. ¿Qué fue lo que realmente sucedió? –me preguntaron.

–Investíguenlo desapasionadamente –los invité.

Lo comenté a manera de anécdota con colegas maestros donde oscilan ambas posiciones, pero incluso los partidarios de la versión del fraude son escépticos a “desenterrar ese muerto” –¿A estas alturas? –me cuestionan. “¡Vamos! ¡Supéralo!”, dijeron los otros. Y tal vez tengan razón.

Aunque finco mis dudas en que el terreno común desde el cual parten algunas discusiones sobre el futuro de nuestra democracia ahora con la nueva hegemonía morenista, nos apunta a desenterrar muertos que todavía no terminan de descomponerse.

La estela desagradable puede ampliar su espectro, pero en aras de esa mínima base de acuerdo, considerarlo puede ser obligado. Tarde o temprano (y creo que muy pronto) deberá reabrirse la discusión sobre ese tema que nos torturó en su momento. Sin ser el único, es suficiente para empezar.

Debe debatirse como nunca se hizo en Televisa, por ejemplo, y en todos los medios cuya línea editorial construyó la narrativa de la elección ‘limpia’. Los paladines de la pureza de la elección deben agotar sus argumentos contra quienes acusan fraude… y éstos esgrimir la totalidad de sus pruebas.

Tiene sentido porque en varias aristas de discusión actual, seguimos partiendo de dos realidades distintas. Quienes lo niegan como una fantasía conspiracionista, y quienes lo recuerdan como una de las peores vergüenzas de nuestra historia reciente. Por el bien del ciudadano común se debe cerrar la brecha lo más posible entre ambos extremos. Si ambos bandos están tan seguros de sus argumentos, deben estar dispuestos a defenderlos.

Los apremios son diversos, pero uno de los más importantes es que hay una nueva generación –millenials– que eran niños cuando eso sucedió, que comienzan a desarrollar una legítima curiosidad al respecto y de allí no debe descartarse que ‘pidan cuentas’.

Para dimensionar la importancia de las nuevas generaciones, no olvidemos que el #YoSoy132 no sólo fue una rebelión pacífica masiva que metió en serios aprietos la candidatura de Enrique Peña Nieto y su proyecto político con Televisa como uno de sus pilares, sino también significó un desgaste que para la televisora resultó letal en su credibilidad y que en términos efectivos no ha logrado recuperarse ni restaurar su rostro frente a las nuevas generaciones. No sólo dicha televisora, sino otros medios pueden pretender blanquearse partiendo de la negación actual.

Asumir la socialización histórica en este punto nos puede sorprender, ya que las generaciones emergentes no se tragan cualquier narrativa y dentro de muy poco ejercerán su derecho a cuestionarnos –y reclamarnos– a quienes vivimos desde la trinchera política, periodística o ciudadana muchos episodios que configuraron el estado actual del país.

No se trata de desempolvar vendetas y llamar a cuentas añejas. Es limpiar el tablero de control ciudadano, que hoy luce sucio, sinuoso, y no nos permite avanzar ni discutir con un mínimo de bases en común.

Cronistas y protagonistas siguen vivos para responder ante la siguiente generación por su propia historia. Y al ser presidente hoy el entonces agraviado, será ineludible establecer bases sobre las cuales corrijamos o confirmemos el rumbo de nuestra democracia.

 


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